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Grup de Solidaritat Jon Cortina

Un país hostil para los jóvenes

(publicat a elfaro.net el 21/07/2008)


 


Ya solo encontrar trabajo es difícil. Y lo es más si se es joven y si se busca un trabajo decente. Hay quien tuvo que ahorrar para renunciar, en un esfuerzo supremo por tratar de construirse una vida digna.  Con tasas de desempleo de 12.4% y de subempleo que alcanza el 50%, las personas entre 15 y 24 años tienen pocas opciones de incorporarse al mercado laboral. La alternativa: engrosar las filas del paro, aceptar trabajos con ingresos que rayan en lo absurdo o buscar mejor suerte fuera del país. 


 


Rodrigo Baires Quezada


“Trabajo no hay… entonces toca hacer lo que sea, lo que haya aunque no te paguen lo que uno se merece”. La frase puede ser lapidaria, pero no extraña. La dice Élmer, un joven de 17 años con excelentes notas del Instituto Nacional de Comasagua, al suroeste de Santa Tecla. Lo repiten Fátima, de 18 años, su compañera de pupitre; René, un tipografista de 23 años de Soyapango; Rafael y Ana,  egresados de derecho y desempleados; y Jaime, un ex pandillero convertido a evangélico.


Todos tienen historias personales dispares. El punto en común es ser jóvenes entre los 15 y los 24 años, ese grupo etario que aporta el 18.93% de la población en edad de trabajar -según el último censo de población-, que trabajan, han trabajado o están buscando oportunidades en un mercado laboral que les es hostil por su edad, según reveló el Informe de Desarrollo Humano 2007-2008 del PNUD, realizado con base en los datos de la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2006 (EHPM 2006).


Mientras las tasas de desempleo abierto general de El Salvador bajaron dos puntos porcentuales entre 1992 y 2006, alcanzando un 6.6% de la población económicamente activa (PEA), en el caso de los jóvenes entre 15 y 24 años de edad “son casi el doble de las que registra en promedio la población nacional”, indica el estudio. Para esta rango de edad, el desempleo alcanza 12.4%.


¿La razón? Falta de oportunidades reales de acceder al trabajo. Una prueba de esto es que al desagregar las tasas de acuerdo con los años de estudio aprobados, los menos educados registran tasas de desempleo incluso menores que las de los jóvenes más educados (13.3% para jóvenes sin educación, y 14.7% para el segmento que ha cursado de diez a 12 años de estudio). “Mejores estudios no garantizan a los jóvenes acceso a un trabajo decente”, sostiene William Pleitez, economista y coordinador del grupo que realizó la investigación.


“Uno se mata estudiando para poder optar a mejores trabajos”, sostiene Élmer y sus notas esperan una oportunidad de demostrar que es “bueno” para trabajar. Para él, un buen trabajo garantizaría poder seguir con sus estudios universitarios en derecho y poder contribuir económicamente con su familia. “He trabajado vendiendo pan en los cantones cercanos… Luego pedí trabajo en la Alcaldía y me pagaban 65 dólares. ¿Qué hacía? De todo, chapodar, arreglar calles… todo. Pero para poder ir a la universidad se necesita un mejor empleo”, dice.


La forma en que se comporta el mercado laboral salvadoreño, aún con mejores niveles educativos –los jóvenes actuales, con 8.2 años de estudios aprobados, tienen un capital educativo que duplica al de la generación de sus padres, 4.7 años- deja claro que este grupo de edad es el que mayor problema tiene para encontrar un empleo de calidad; y que los mismos salarios no muestran una correspondencia con las mejoras en educación y en productividad de los trabajadores.


 


Los afectados del subempleo


“Mucho trabajo no hay en el pueblo y toca hacer lo que se pueda”, dice Élmer. En términos técnicos, engrosar las filas del subempleo, un trabajo con menos de 40 horas semanales, sueldos por debajo del mínimo establecido y sin seguro social o fondos de pensiones o sin ambas prestaciones. Para 2006, cinco de cada 10 trabajadores de las zonas rurales estaban en situación de subempleo, comparados con uno de cada tres en las áreas urbanas. Los datos se disparan en el caso de los jóvenes al 43.3%. “Lo que haya”, repite Élmer.


Los datos de la EHPM 2006, realizada por la Dirección General de Estadística y Censos (Digestyc) revelan que la tasa de subutilización laboral -la suma de desempleados y subempleados- entre los jóvenes es 12 puntos porcentuales más alta (62.4%) que la tasa nacional (49.9%).

Rafael sonríe con desgano al escuchar los datos. Tiene 25 años y es desempleado, aunque justo eso le ha permitido hacerse perito en algo. “Me hice experto en llenar formularios de entrevistas de trabajo”, dice, con ironía. “En algunos casos llegué hasta la segunda entrevista personal; en otros, me llamaban y resultaba que el puesto de ‘asistente de oficina’ era pura paja… querían vendedores y como que un estudiante de derecho no pega en eso”, resume.


Él hizo sus números antes de aceptar trabajar de vendedor. “Era un empleo de estos de vender paquetes para aprender inglés. No había sueldo fijo dice que porque entrabas en un período de prueba casi indefinido, mucho menos Seguro Social o Fondo de Pensiones. Te daban 60 dólares por paquete vendido… ¡Cada paquete costaba 4 mil dólares!”. En pocas palabras, tenía que vender 12 mil dólares cada mes para obtener 180 dólares y equipararse con el salario mínimo del sector de servicios. Si a eso le restaba los costos de transporte y alimentación, además de “rebuscarse hasta los fines de semana” para poder vender, le pareció que el trato no era justo. No aceptó.


Ana está a su lado en silencio. Conoció a Rafael en la escuela de Derecho de la Universidad de El Salvador y coincide con él en estar desempleada. “Yo, porque renuncié para poder terminar mis estudios… para hacer las prácticas jurídicas”, sostiene. Rafael contó con el apoyo de su familia y la paga de algunos trabajos esporádicos para pagar sus estudios; Ana no tuvo esa suerte. “A mí me tocó trabajar desde el principio. Pasé como un año desempleada, metí como 20 currículos en todas partes y terminé vendiendo líneas y teléfonos de Telecom… la paga era buena, pero personal y profesionalmente era frustrante para mí”, dice.


“Es un recurso humano que estamos desaprovechando”, dice William Pleitez. Según el estudio, debería de ser prioritaria la creación de un sistema que apoye la inserción laboral de los jóvenes en sus primeros empleos, y bajo una estrategia nacional de pleno empleo, asegurar que las plazas a las que acceden sean de calidad y contribuyan a su crecimiento personal. En el caso de Ana era frustrante. Así que optó por enfrentar el desempleo como única opción para “sentirse bien” con ella misma. Después de cansarse de pelear por sus derechos laborales en la empresa, decidió que era el momento de dejar el trabajo, terminar sus prácticas jurídicas y esperar que el futuro le depare un trabajo mejor en su área de estudios. “Ahorré para poder renunciar. Estoy vendiendo mi carro, porque es un lujo que no puedo mantener; hago trabajo ad honórem en una organización no gubernamental; y ya veremos qué sale cuando termine del todo mi carrera”, dice con esperanza.


 


Más empleo, menos violencia


Para Pleitez, el tema del empleo pasa más allá del desarrollo económico y personal de un joven. “El trabajo es un factor de inserción social al que históricamente no se le ha dado la importancia desde los planes o las políticas de gobierno”, dice. Según el investigador, un empleo decente no sólo asegura el poder satisfacer las demandas económicas de los trabajadores sino que, además, permite no repetir patrones de violencia social.


Esto sería de vital importancia en un sector de la población caracterizado por vivir en condiciones de pobreza y exclusión social. El estudio describe que la población joven registra mayor involucramiento en actividades violentas, lo cual refuerza la dinámica de reproducción intergeneracional de la pobreza y la desigualdad. Jaime es un ejemplo de ello.


Piel morena, manos llenas de callos, un cabello delgado y cortado al ras. Nació y creció en Quezaltepeque. Y en el mismo municipio aprendió a leer en la escuela pública, a trabajar y a consumir drogas. “Uno hace lo que los otros hacen… trabajaba pero ahí estaba la mara y terminé en la mara como una forma de protección. Es sencillo, o sos parte o estás en su contra… mejor es ser parte”, dice con resignación.


“Mi papá siempre trabajó… Cuando se murió, las cosas cambiaron. No había plata, no había comida. Sin él, me tocó hacer de todo. Siempre fui trabajador hasta que me metí en huevos. Le hice a todo: recadero, vendedor de pan, obrero de la construcción, mecánico automotriz y cobrador de buses”.


Según su lógica, las condiciones de su trabajo lo llevaron a la mara; la mara, a las drogas; y las drogas, a robar para tener “chirilicas” y comprar marihuana, primero, y piedra (crack), después. “Pero estoy limpio… soy cristiano desde hace dos años”, sostiene, sonríe y explica la segunda parte de su historia en pocas palabras: “Era cobrador de buses… ¿La ruta? Te la debo. La mara pasaba la renta y presionaba para que te metieras a la clica. Me metí porque siendo de ellos, pues, no te tocan. Un día probé un puro, me gustó y caí… dejé de trabajar y me metí de lleno en ese volado. Hay días que no recuerdo qué hice… gracias al Señor que ya no estoy en eso”.


La historia de Jaime calza a perfección con lo que detalla el estudio del PNUD: “En un contexto de pobreza persistente y de alta desocupación, la población joven resulta muy vulnerable a la dinámica de la violencia. El desempleo, especialmente entre los jóvenes urbanos que han abandonado la escuela, se ha asociado en diversos estudios con altos niveles de criminalidad.”


“Cuando uno está sano, no es difícil encontrar trabajo… lo importante es no ahuevarse y hacer lo que toque”, asegura Jaime. “Lo yuca es cuando ni haciendo cualquier cosa te dan trabajo… uno siente bien feo. Yo porque soy cristiano no vuelvo a esa mala vida… pero a veces dan ganas de mandar todo a la mierda y volver a la calle a robar. ¡Puta, si uno quiere trabajar, ser honesto!”


 


Inmigración, la última salida


Aún con los dispuestos a hacer lo que toque, el mercado laboral todavía parece no poder absorber a todos los jóvenes. “Aquí se ve la falta de oportunidades. En Comasagua se puede optar por trabajar en las maquilas de la Zona Franca de Santa Tecla, los nuevos centros comerciales, trabajo doméstico, en caso de las mujeres, y el agrícola, en los hombres… por último, solo queda la Policía Nacional Civil (PNC) o emigrar, dejar el pueblo o el país”, dice Vanesa Rivera, profesora del instituto de la localidad.


¿El empleo para los jóvenes no es una prioridad en el país? Según el Ministerio de Trabajo, sí. “Tenemos una guía de propuestas para el fomento del empleo juvenil desde hace tres años. Lo que pasa es que no le han dado la cobertura periodística para que se pueda difundir esto”, dice José Roberto Espinal, titular de la institución. ¿Qué faltaría hacer? “Un pacto nacional como lo propone el informe del PNUD. El Ministerio no puede darle trabajo a todas las personas de El Salvador, pero sí podemos ser un bastión para coordinarlo”.


Para ejemplo, Espinal cita programas como el de Promoción de empleo juvenil y formación ocupacional, que se desarrolló en siete ciudades del Área Metropolitana de San Salvador, en 2007, y que buscaba proporcionar una formación laboral según las estructuras productivas de los municipios atendidos. La población beneficiaria: dos mil jóvenes de Ciudad Delgado, Tonacatepeque, San Martín, Ilopango, Cuscatancingo, Santa Tecla y Antiguo Cuscatlán.


Además, estaría la realización de la Red Nacional de Oportunidades de Empleo –coordinada con municipalidades y sociedad civil- que se encuentra descentralizada, y las ferias de trabajo que, según Espinal, brindan un “trabajo decente” a los jóvenes. “En las Ferias del Empleo se ponen a disposición plazas en la industria, comercio y servicios, todas del sector formal. Entonces, se cumple con lo estándares de trabajo decente que expone el informe del PNUD”. Sólo a las ferias realizadas entre 2004 y 2008, se han logrado colocar 81 mil 970 personas. ¿Cuántas son jóvenes? El dato no lo sabe el ministro. Tampoco sabe sobre los sueldos, aunque el PNUD pone el umbral promedio de un trabajo decente en un poco más de 500 dólares al mes.


Fátima es de las que no cree en la bolsa o ferias de trabajo y de las que optan por dejar el país, una vez termine sus estudios a fines de este año, para conseguir algo mejor. A los 16 años dejó de estudiar en 2006. Dejó su casa en el cantón El Faro, a cinco kilómetros de Comasagua, y se fue a trabajar de doméstica en una casa de Santa Tecla. El salario, 75 dólares mensuales. Ahorró durante un año completo para poder pagar los gastos de los dos años de bachillerato. “He pensado en irme para el norte”, dice. “Tengo un pariente que ya tiene el dinero para mandarme a traer. ¿Mojada? Sí. ¿Si vale la pena? Claro, aquí todo cada vez es más caro y no hay oportunidades.”


René piensa igual. Su historia personal es la de dar saltos. El primero lo dio a los 18 años cuando entendió que para garantizar los estudios de sus dos hermanos menores tenía que dejar sus sueños de ser profesional. Y dio el salto hacia el mercado laboral. Primero como aprendiz, luego como ayudante. Ahora, con seis años de experiencia, ya maneja todas las máquinas de la imprenta en la que trabaja. “Pero ahora ya no alcanza con lo que gano yo y mi madre. Si quiero ver mejor a mi familia, lo mejor es irse para allá donde se puede ganar bien… aquí, no creo que llegue más allá de lo que hago en esta imprenta”, dice.


Según la encuesta de Nacional de Juventud realizada por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” en julio de 2007, los jóvenes, en general, se muestran preocupados por los problemas económicos del país (44.9%) y de inseguridad social (42.9%); nueve de cada diez creía que la situación económica del país seguía igual o había empeorado en el último año; y aquellos quienes han tenido trabajo formal son los que más piensan en emigrar, un dato que aumenta entre los jóvenes de 20 a 24 años (33.5%).


“La migración ha sido una válvula de escape para el mercado laboral durante los últimos años. Es más de un millón de personas que viven fuera y a las que el país no ha tenido que ofrecerles trabajo”, dice Pleitez. Y los que han decidido quedarse se han enfrentado con que los empleadores, bajo una lógica de mercado, la mayoría de veces pagan salarios por debajo del mínimo de lo que están dispuestos a aceptar los trabajadores. “Y si no estás a gusto con lo que ganás y tenés conocimiento del mercado global, de los salarios que se puede obtener en otros países por hacer lo mismo que estás haciendo aquí, la opción de irse de El Salvador está presente”, agrega el investigador.


Jaime es de esos y piensa dar el siguiente salto, uno de más de 3 mil 500 kilómetros en línea recta, cuando tenga los 2 mil 500 dólares del primer pago que le pide el coyote. “Será en diciembre si Dios quiere. Allá (Estados Unidos) es diferente, se vive mejor, se gana mejor y se puede ayudar a la familia con un dinerito todos los meses… así es más fácil dejar los frijoles y las tortillas”, cierra y se tira una carcajada, como quien quiere convencerse a sí mismo de que ha tomado la decisión correcta.


 

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