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Grup de Solidaritat Jon Cortina

Memòria històrica

XXIII aniversario de los mártires de la UCA

XXIII aniversario de los mártires de la UCA

El 16 de noviembre de 1989, el cuerpo de elite del ejército salvadoreño, batallón Atlacatl, irrumpió de forma violenta en la comunidad de Jesuitas de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador.  Buscaban un grupo de jesuitas que residían allí para llevar a cabo una ejecución.  Querían silenciar la voz de estos jesuitas, que cogiendo el relevo de Monseñor Óscar Romero, asesinado el 23 de marzo de 1980, decidieron continuar dando voz a los más pobres de El Salvador.  Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Joaquín López y López, Amando López, Juan Ramón Moreno, fueron brutalmente asesinados. Junto a ellos se escondían dos mujeres del pueblo, Elba y Celina Ramos, madre e hija, trabajadoras de la comunidad que se habían refugiado por el toque de queda.  Pero las instrucciones eran claras: sin testigos. Aquellos soldados ejecutaron las órdenes recibidas. Fueron asesinados por su compromiso con la justicia y la paz de un pueblo que vivía en guerra, un pueblo oprimido por una oligarquía que explotaba a los campesinos y obreros, con la ayuda del ejército, guardia nacional y escuadrones de la muerte.  Desde la Universidad Centroamericana denunciaron las situaciones de injusticia y los crímenes que se cometían contra el pueblo salvadoreño.  Los poderosos y opresores quisieron silenciar esa voz, pero no lo consiguieron. La voz de la denuncia de la injusticia fue heredada por un pueblo que sigue reconociendo a día de hoy el testimonio que ese grupo de jesuitas dio con su vida.  Les arrebataron la vida, pero esa vida regresó al pueblo, continua presente en la UCA, en las comunidades organizadas, en las instituciones de derechos humanos, en el pueblo sencillo que sigue dando gracias a Dios por la vida de esos mártires que hicieron de sus vidas un evangelio vivo.  Sin duda alguna, cada uno de ellos puede hacer suya la frase de Monseñor Romero: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.”

 


http://www.jesuitas.es/index.php?option=com_content&view=article&id=511:xxiii-aniversario-de-los-martires-de-la-uca&catid=34:jesuitas-espana&Itemid=63

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30 anys de l'assassinat de Monsenyor Romero

30 anys de l'assassinat de Monsenyor Romero

ALS 30 ANYS DEL MARTIRI DE SANT ROMERO

Cel.lebrar un Jubileu del nostre Sant Romero d’Amèrica, és cel.lebrar un testimoni que ens contagia de profecia, és assumir amb compromís les causes, la causa, per las quals el nostre San Romero és màrtir. Ell és un gran testimoni en el seguiment del Testimoni Major, el Testimoni fidel, Jesús. La sang dels màrtirs és aquell calze que tots, totes, podem i hem de beure. Sempre i en totes les circumstàncies, la memòria del martiri és una memória subversiva.

Trenta anys han passat d’aquella Eucaristia plena a la Capella del “Hospitalito”. Aquell dia el nostre sant ens va escriure: “Nosotros creemos en la victoria de la resurrección”. I moltes vegades havia dit profetitzant un temps nou, “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Amb totes les ambigüitats de la història en procés, el nostre Sant Romero està ressuscitant a El Salvador, a la Nostra Amèrica, en el Món.

Aquest Jubileu ha de renovar en tots i totes nosaltres, una esperança, lúcida, crítica però invencible. “Tot és gràcia”, tot és Pasqua, si entrem a tot risc en el misteri del sopar compartit, la creu i la resurrecció.

Sant Romero ens ensenya i ens “cobra” que vivim una espiritualitat integral, una santedat tant mística com política. A la vida diària i en els processos majors de la justícia i la pau, “amb els pobres de la terra”, en la família, al carrer, en el treball, en el moviment popular i en la pastoral encarnada. Ell ens espera en la lluita diària contra aquesta especie de “mara” monstruosa que és el capitalisme neoliberal, contra el mercat omnímode, contra el consumisme desenfrenat. La Campanya de la Fraternitat de Brasil, ecumènica aquest any, ens recorda la paraula contundent de Jesús: “No es pot servir a dos senyors alhora, a Déu i al diner”.

Responent a aquells que, en la Societat i a l’Església, intenten desmoralitzar la Teologia de l’ alLiberament, el caminar dels pobres en comunitat, aquesta altra manera de ser Església, el nostre pastor i màrtir replicava: “hi ha un ateisme més aprop i més perillós per a la nostra Església: l’ateisme del capitalisme quan els bens materials es posen com a ídols i substitueixen a Déu”.

Fidels als signes dels temps, com Romero, actualitzant els rostres dels pobres i les urgències socials i pastorals, hem d’emfatitzar en aquest jubileu causes majors, veritables paradigmes algunes d’elles.

L’ecumenisme i macroecumenisme, en diàleg religiós i en koinonia universal. Els drets dels immigrants contra les lleis de segregació. La solidaritat i intersolidaritat. La gran causa ecològica. (Precisament la nostra Agenda Llatinoamericana d’enguany està dedicada a la problemàtica ecològica, amb un títol desafiador: “Salvem-nos amb el Planeta”). La integració de la Nostra Amèrica. Les campanyes per la pau efectiva, denunciant el creixent militarisme i la proliferació de les armes. Urgint sempre unes transformacions eclesials, amb el protagonisme del laicat, que va demanar Santo Domingo i la igualtat de la dona en els ministeris eclesials. El desafiament de la violència quotidiana, sobre tot en la joventut, manipulada pels mitjans de comunicació alienadors i per l’epidèmia mundial de les drogues.

Sempre i cada vegada més, quant més grans siguin els desafiaments, viurem l’opció pels pobres, l’esperança “contra tota esperança”. En el seguiment de Jesús, Regne endins. La nostra coherència serà la millor canonització de “Sant Romero d’Amèrica, Pastor i Màrtir”.

Pere Casaldáliga

Las heridas que no se cierran en La Guacamaya


(Publicat al Diario Colatino de 16/09/2008)


Beatriz Castillo
Redacción Diario Co Latino

Dos cruces yacen en el patio trasero de la casa de la familia Sáenz Barrera. Una de cemento y otra de madera rústica gastada. Están adornadas con flores de plásticos color azul, a pesar de que simbolizan a tres mujeres. Alguien las colocó, para recordar a: Juana Paula Díaz y sus hijas María e Irma. Las tres fueron cruelmente asesinadas en un día fatídico para las mujeres, niños y los pocos hombres que cuidaban el cantón Guacamaya, en el oriente del país, el 22 de octubre de 1980.

Juana Paula decidió regresar a su vivienda para saber de sus animales, junto a sus dos hijas, el día que las asesinaron.

Varias noches antes, las Díaz se habían resguardado en una casa con otras 30 mujeres, luego que sus esposos salieran por los “huatales” y buscaran refugio, que los pusiera a salvo de las Fuerzas Armadas y el ataque a la guerrilla.

“Ella (Juana Paula) bien de mañanita salía a darle comida a las gallinas y regresaba. Pero el día que las mataron, se devolvió con sus hijas después de haberlas alimentado. Escuchó que estaban agarrando sus gallinas. Yo la encontré, cuando yo iba para abajo, buscando donde irme por los huatales. Todavía me dijo que me quedara, pero por el niño, que tenía once meses me fui”, recuerda pese al tiempo, visiblemente consternada Valentina Sáenz Barrera, la masacre de la Guacamaya, y los estragos que dejó el conflicto armado, que los obligó a vivir en Honduras, por varios años.

Las Díaz, fueron asesinadas, según los sobrevivientes de la zona, por elementos del ejército que custodiaban la zona de La Guacamaya, El Mozote, Meanguera, y otros cantones en la jurisdicción de San Francisco Gotera, en el Departamento de Morazán. El mismo grupo al que se le adjudicó la masacre de El Mozote, cuando tomó el plan “Operación Rescate”, en 1981, con el fin de “limpiar” la parte norte de Morazán, por considerarla un bastión de los grupos guerrilleros.

“Yo le hilaba para hacer matates, ella me enseñó, hacía cuajadas y le veníamos a buscar”, recuerda Valentina, mientras junto a sus hijos trata de seguir cultivando la enseñanzas de elaborarlos y abastecer la zona.

Agrega que aquel día, varias mujeres, niños y hombres fueron asesinados. Masacres en las quebradas, en huatales y otros en el interior de su vivienda como los Barrera Márquez.

De la familia Barrera Márquez, murieron Andrés, Cruz Armando, Vicenta Edelmira, Noé Mauricio, Mario Edgardo hijos de Andrés Barrera Mejía. En la masacre también murió su suegra Heriberta Márquez y Maclovia Márquez, y un recién nacido.

En la exhumación se encontraron los restos, en fila, de los niños, las dos mujeres y los huesos pequeños de recién nacido, que se presume eran del hijo que estaba esperando Maclovia.

Según estima Andrés Barrera Mejía, su esposa dio a luz antes de ser asesinada, pero no pudo constatarlo, porque él, junto a los hombres, andaban en “retirada”, el día de la masacre.

“Cuando yo regresé ya los habían enterrado, no pude ver como los habían dejado. Cuando vine encontré unos pedacitos de huesitos, y un brasier con sangre, y quemado. Nosotros teníamos maíz en tusa, eso lo amontonaron con las hamacas y le dieron fuego a todo, todo lo que teníamos allí”, reciente.

Recuerda que nadie de aquel pequeño poblado esperaba que algo así se registrara,
La tropa del ejército siempre pasaba y nunca mataban a nadie.

“Allí quizá hubo un mal vecino, porque había una casa más abajo de donde nosotros vivíamos, allí habían más de 50 gentes en esa casa y no les pasó nada, nada, y nosotros quedamos pensando en eso, que tan cerca que estaba y no les había pasado nada. Después pensamos, que a ese hombre no le gustaba la organización, algo hubo por allí”, se atreve a especular Barrera.

“Yo era el encargado de reunir a la gente de allí, él nunca opinaba, a mí nunca me convencía y al final como los hermanos de él colaboraban con la organización, los terminó matando a ellos”, agrega.

Las muertes de La Guacamaya, 28 años después no han sido esclarecidas. Muchas de las víctimas no han sido exhumadas ni identificadas.

No se tiene claro quién cometió esos crímenes contra niños, mujeres y hombres.

“Creemos que fue el batallón de Gotera”, indica Barrera, quién perdió a seis de sus hijos, su esposa y su suegra.

La herida por esas pérdidas y la falta de justicia es uno de los reclamos de las familias que todavía habitan en La Guacamaya, en casas de bahareque (de lodo y varas de bambú), lámina y sin luz. Es decir, este capítulo de la historia sigue abierto.

“La justicia aquí brilla por su ausencia, al igual que en otros países, la Comisión de la Verdad, puso en tela de juicio”, critica Barrera.

Después del conflicto, la posibilidad de conocer la verdad, tuvo candado. La Ley de Amnistía se volvió un obstáculo, el cuerpo legal no avala el enjuciamiento de los hechos que se cometieron antes y durante el conflicto armado. “La Ley permitió que estos crímenes, se encubrieran. Los hechos que hubo fueron una violación a los derechos humanos”, sostiene Barrera.

Desde hace años, Barrera ha tratado de pedir justicia y contar lo que pasó a través de la música. La música que le dio vida y refugio a los “Torogoces de Morazán”.

“La música nos vino ayudar un poco, la mayoría habíamos perdido familia. La música no cura heridas, pero calma un poco. Hace olvidar por un momento las cosas”, dice.

“Cuando se cantan las canciones es algo tremendo, pero en general, la música ayudaba tanto a los compas que venían cansados de un operativo, como a nosotros, y allí se disimulaba un poco”, agrega.

Conmemoración para víctimas y la justicia
Desde el año pasado, el Alcalde y el concejo de la Alcaldía de Meanguera, en el Departamento de Morazán, propusieron la creación de un Comité de la Memoria Histórica, con el propósito de conmemorar cada 22 de octubre la masacre de la Guacamaya.

“El año pasado se creó el comité, se financió la organización de la actividad, para este año vamos a colaborar con la movilización de la gente y los grupos musicales, lo que buscamos es que la misma gente tome conciencia”, dice el secretario de la comuna de Meanguera, Wualberto Carrillo, Municipio al que pertenece, por jurisdicción, el cantón La Gua- camaya.

Según indica la comuna, tiene previsto elaborar una memoria donde se puedan focalizar los puntos donde ocurrieron las masacres.

“Hay más in- volucramiento de la gente, eso es el objetivo, que la misma gente tenga conciencia, porque nosotros creemos que para que exista desarrollo en una sociedad es indispensable que exista justicia. La justicia no se trata de venganza, si no que al menos los responsables de esto pidan perdón”, agregó Carrillo.

Según el calendario de las actividades de conmemoración se realizará el día 18, con una misa en memoria de las víctimas.

Gladys Maricela Sáenz, del Comité de la Memoria Histórica, adelantó que después de la misa se tiene previsto una caminata a los lugares “históricos” donde se ejecutaron masacres, en la cueva de la “Radio Venceremos” y el punto rojo.

Después, en el centro escolar La Guacamaya, se escucharán algunos testimonios de los sobrevivientes y familiares de las víctimas.

 

Los jesuitas de la UCA salvadoreña denuncian que la masacre de 1989 continúa impune

(publicat a El País el 14-03-2008)

JUAN JOSÉ DALTON - San Salvador - 14/03/2008

El jesuita español José María Tojeira, rector de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador, denunció ayer en conferencia que el Estado salvadoreño es responsable de que la masacre de seis de sus sacerdotes (rectores y profesores universitarios), también miembros de la Compañía de Jesús, perpetrada en 1989 por una unidad especial del Ejército, aún permanezca impune.

 

Tojeira aseguró que el pasado 11 de marzo hubo en Washington una “reunión de trabajo” en la sede de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “en la que el Estado salvadoreño evidenció que no ha cumplido en nada las recomendaciones que [la CIDH] emitió en 1999 y que consistían en investigar, identificar, juzgar y sancionar a todos los autores materiales e intelectuales del asesinato de los jesuitas Ignacio Ellacuría [rector de la UCA], Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Joaquín López y López y Juan Ramón Moreno, así como de sus empleadas Julia Elba Ramos y Celina Ramos”. Tojeira aseveró que han pasado nueve años desde que se dictaron aquellas recomendaciones, pero el Estado no ha realizado avance alguno. “Creo que los familiares de los sacerdotes que eran españoles —Ellacuría, Montes, Baró, Amando López y Juan Ramón Moreno— están perdiendo la paciencia por la impunidad local y podrían llevar el juicio a tribunales españoles”, advirtió Tojeira.

 Por su parte, el abogado Benjamín Cuéllar, representante de las víctimas ante la CIDH, cuestionó la moral y la ética del Estado salvadoreño por haber nombrado como su representante o “agente estatal” al abogado Carlos Méndez Flores, que defendió a los acusados materiales e intelectuales del asesinato de los jesuitas.

La UCA achaca la responsabilidad de la masacre al entonces presidente, Alfredo Cristiani, y a su ministro de Defensa Humberto Larios, por omisión y encubrimiento, mientras que acusa a altos oficiales del Ejército como los autores intelectuales de la ejecución de los jesuitas, a quienes consideraban colaboradores de la guerrilla. 
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Piden a la FGR investigar masacre de “El Despertar”

(Publicat al Diari Colatino el 30 de gener de 2008)

Santiago Leiva
Redacción Diario Co Latino

Las Comunidades Eclesiales de Base de El Salvador (CEBES) y la Fundación Hermano Mercedes Ruiz (FUNDAHMER) pidieron ayer formalmente a la Fiscalía General de la República (FGR) investigue el asesinato del padre Octavio Ruiz y cuatro catequistas, hecho ocurrido 1979, en el centro de retiros “El Despertar” de la parroquia San Antonio Abad.

El padre Octavio y los jóvenes David Caballero, Ángel Morales, Roberto Orellana y Jorge Gómez fueron “brutalmente” asesinados por un comando de la Fuerza Armada, el 20 de enero de 1979.

A la fecha, nadie purga castigo por este crimen conocido como la masacre de “El Despertar”.

“Hemos venido a interponer un formal denuncia por escrito para que se investigue la masacre de El Despertar”, dijo David Morales, abogado de FESPAD, y quien representa legalmente a la familia del sacerdote asesinado.

Morales explicó que se presentó la denuncia por escrito porque pese a que los familiares de las víctimas lo han solicitado públicamente, la Fiscalía se ha hecho la “sorda”.

“Durante dos años consecutivos las comunidades eclesiales y las familias se han acercado a la Fiscalía y han exigido públicamente al Fiscalía General que inicie una investigación, pero no han sido escuchados”, declaró Morales.

De la muerte del sacerdote y los catequistas se responsabiliza al Ministro de Defensa de aquel entonces, General Federico Castillo Yanes; al Director de la Policía Nacional (PN), Coronel Antonio López, y al Director de la Guardia Nacional (GN), Coronel José Antonio Corletto.

“Pedimos que se investigue a estos altos oficiales y también a todos aquellos partícipes del operativo que resulten identificados”, dijo Morales, quien añadió que el planteamiento de la denuncia se fundamenta en que se trata de un crimen de “lesahumanidad”.

Neftaly López, miembro de FUNDAHMER, quien recordó al padre Octavio como un hombre comprometido con las causas del pueblo, dijo que hay clamor de las comunidades porque se haga justicia. “El caso debió ser conocido de oficio, queremos que se investigue y se haga justicia”, exigió López.

“Como familiares del padre Ortíz queremos que el Fiscal le ponga atención al caso, que se investigue y que la impunidad en este país se rompa”, expresó Ana Ortíz, hermana del sacerdote mártir.

Morales aseguró que si esta vez la autoridades fiscales no le ponen interés al tema buscarán instancias internacionales.

“Si el señor fiscal guarda silencio, si se niega a tramitar ésta denuncia o trata de impedir la investigación buscando figuras como la amnistía o la prescripción, acudiremos inmediatamente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”, advirtió Morales.

La denuncia se da en el marco de conmemoración del vigésimo noveno aniversario del múltiple crimen.

La memoria

La memoria

Alberto Barrera, miembro equipo editor de Raíces

(publicat al Diario Colatino de 15 de gener de 2008) 


Walnut Creek, California. A mediados del pasado conflicto en El Salvador el entonces presidente, José Napoleón Duarte, aludió la necesidad de impulsar lo que llamó “perdón y olvido.

Muchos lo rechazaron, pero el ex mandatario –fallecido de cáncer en febrero de 1990-, pretendía aumentar su influencia política, pues algunos aprobaron el perdón, aunque consideraron que era muy temprano, pues la guerra, cruel y sangrienta, continuaba con su estela de muerte y dolor.
 Otros se preguntaron si era posible olvidar.
Acaso se puede cerrar la memoria al recuerdo de personas y hechos que en un conflicto armado son lamentables y que dejan huellas profundas, que también algunas veces podrían ser agradables.
 ¿Será bueno olvidar?
“Todo está resuelto, todo: tiempo, lugares, el mundo fragmentado en pedazos, que no se puede pegar. Sólo el recuerdo es lo único que se salvó, lo único que queda de la vida…”, escribió el cronista y escritor polaco, Ryszard Kapuscinski en su obra El Emperador.

En este amplio reportaje, conocido también como “la historia del extrañísimo señor de Etiopía” (Haile Selassie), que muchos consideran literatura, el autor monta su escrito basado en testimonios sobre la realidad que vivió ese pueblo africano.

La vida de Selassie y parte de la historia de Etiopía es lo que Kapuscinski logra montar a través de testimonios de muchos de los testigos, protagonistas algunos, que vivieron la triste realidad.

También otros sufren o causan dolor por la pérdida de los recuerdos, aunque sea involuntaria.

“La memoria, perecedera y perdurable, es el archivo del cerebro.

Y es una maravilla del sistema de circuitos neuronales.

Su pérdida puede ser cruel, pero recuerde esto: es por medio de la memoria como permanecemos cerca de nuestros seres queridos”, escribió Chris Johns, editor en jefe de Nacional Geographic.

En su editorial, le cual tituló “Mi padre y yo”, Johns se refiere a su progenitor y como fue perdiendo la memoria, probablemente debido al mal de Alzheimer y lo doloroso que es saber de su demencia sin poder hacer casi nada.

Por eso alude que es que por medio de la memoria como nos mantenemos cerca de los seres que amamos, al perder esa capacidad nos alejamos irremediablemente.

El mal nos empuja al abismo del olvido.

Aunque si es por salud, pese a lo doloroso, al final muchos tenemos que aceptarlo, pero olvidar por olvidar, muchas veces por intenciones políticas, es mucho más el sufrimiento, porque se alejan las familias, se aleja el recuerdo de los seres que amamos y también se corre el peligro que hechos como las guerras se repitan, pues no hay memoria colectiva.

Y en el país pareciera que las intenciones ha sido promover el olvido, aunque no es para todo y para todos.

Algunos desde el poder no promueven medidas para evitar esa desmemoria, prefieren que no se recuerde, en algunos casos argumentando que sería abrir viejas heridas, sobre todo en los casos que se necesita de justicia.

Otros desde la oposición no hacen casi cada para evitar esa desidia oficialista, más bien parece que avalan algunas acciones en las que el recuerdo desde la víctimas no les interesa. ¿Será porque también tienen el pasado comprometido con matanzas y hechos terribles, los cuales sería mejor olvidar?

Trabajo valioso
Solo el esfuerzo de organizaciones sociales y de algún sector de la prensa o medios de comunicación valen para evitar que ese olvido sea total, pues la historia ni siquiera es una materia que interese a todos en los planes de estudio.
Y esos esfuerzos son contados.

El más emblemático y apreciado por miles de familias es el “Monumento a la Memoria y la Verdad”, un inmenso muro de granito ubicado en el céntrico Parque Cuscatlán de San Salvador y en el que 25,000 nombres de víctimas muertas y desaparecidas en el pasado conflicto dicen presente para que no se les olvide.

Ese es un esfuerzo importante de “Pro Memoria” que realizaron organizaciones como la oficina de Tutela Legal del Arzobispado, el Instituto de Derechos Humanos de la UCA, Pro Búsqueda y otras entidades dedicadas al rescate de la memoria.

Otros esfuerzos por no olvidar han sido las biografías de personalidades como la del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, asesinado por un experto tirador cuando oficiaba misa el 24 de marzo de 1980 o los testimonios de ex combatientes guerrilleros principalmente, algunos están bien logrados.

O el trabajo del Museo de la Palabra y la Imagen que impulsa el ex locutor de la clandestina radio Venceremos, ya desaparecida, del venezolano Carlos Henríquez Consalvi “Santiago”.

Merece mención el Museo de Antropología de la Universidad Tecnológica y el impulso a la carrera de licenciatura en historia de la misma institución educativa y de la estatal Universidad de El Salvador o los libros que edita la jesuita UCA.

En cuanto a los medios no escapa a la crítica la desaparición de los archivos de imágenes del conflicto que grabó la cadena estadounidense de televisión NBC, que luego de borrar las cintas procedió a vender localmente los “cassettes” o peor aún la destrucción de archivos de El Noticiero de Canal 6, logradas desde 1987, cuando la guerra estaba en su fragor.

Y es lamentable que los principales periódicos nacionales a veces acudan a sus archivos de esos años aciagos, cuando sus noticias estaban basadas en hechos distorsionados de esos momentos difíciles de la historia nacional.

Pero merecen reconocimiento algunos reportajes periodísticos sobre esos hechos lamentables y especialmente programas radiales, como los de la nueva Radio Cadena Mi Gente.

“Memoria Viva” del fotoperiodista Iván Montecinos y “Huellas, Señales del Pasado” que producen y conducen el mismo Montecinos, José Luis Funes y Alberto Barrera.

La base está en el hecho de que pueblo que olvida está condenado a que hechos lamentables se repitan.

De ahí la importancia de que el olvido no sea colectivo. Que los niños desaparecidos en la guerra, hoy jóvenes encontrados con otras familias en el país, alguno de los vecinos, Estados Unidos o Europa, sigan apareciendo que sepan de su pasado y conozcan a sus familiares biológicas y conozcan la historia de su pasado.

Honor al sacerdote jesuita, Jon Cortina, por haber organizado e impulsado el trabajo de la Asociación Pro Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos durante la guerra civil de más de una década, aunque falta mucho por hacer.

Una comisión gubernamental para el mismo objetivo apenas inicia sus labores en ese rumbo y algo han logrado, aunque bajo presiones internacionales.

Sería bueno que algún día en el país, muchas veces habituados a copiar ideas y proyectos, nos decidamos a imitar lo que no hace mucho hizo España al aprobar una Ley de Memoria Histórica, la que pese a duras críticas de algunos sectores, se regula y rescata lo necesario para que la amnesia no sea total.

“Los crímenes de lesa humanidad han dejado abiertas las heridas”

Conversación con Rogelio Poncel, sacerdote ex guerrillero de la guerra civil salvadoreña

(publicada en El País, el 12 de diciembre de 2007)

JUAN JOSÉ DALTON - San Salvador - 12/12/2007

Es belga de nacimiento, alto de estatura y de tez muy blanca, aunque cuando se emociona casi toda la sangre del cuerpo se le sube al rostro. Habla el español-salvadoreño a la perfección y dice que, después de tantos años y “tantas cosas vividas y sufridas” en El Salvador, no hay quien se atreva a señalarlo como extranjero. El sacerdote diocesano Rogelio Poncel (Bruselas, 1934) fue uno de los curas que acompañó a la guerrilla durante la guerra civil salvadoreña. Esquirlas de bombas arrojadas por aviones y tiros “enemigos” le sonaron muy de cerca. Por eso dice: “Me alegro de estar vivo y de poder contar parte de una historia que no debemos olvidar. Dios me quiere mucho para tenerme vivo”.

Poncel llegó a El Salvador hace más de 35 años. Llegó a estas tierras sin hablar español, pero hoy los campesinos le entienden todo porque habla y pronuncia el mismo lenguaje, además de hacer compartido con ellos una y mil vicisitudes. “Desde que mataron al padre jesuita Rutilio Grande en 1977, estuve en todos los entierros de todos los mártires de la Iglesia: los padres Navarro y Ortiz; las monjas Maryknoll y monseñor Óscar Romero... Pero en estos días estamos conmemorando 26 años de la masacre de El Mozote, un acto bárbaro que sufrí de cerca”, dice el cura Poncel a EL PAÍS.

Pregunta. ¿Qué fue exactamente El Mozote? ¿Cómo lo recuerda?

Respuesta. A nosotros [la guerrilla] nos avisaron con anticipación de un operativo militar contrainsurgente y que teníamos que emprender la guinda huida]; pasamos por El Mozote y les dijimos a los pobladores que abandonaran el lugar porque sospechábamos de algo grave. Pero la población decía que se quedaba en sus casas, cuidando sus pertenencias. Llegamos hasta un lugar conocido como Tortolico, a la orilla del río Torola, en el norte de Morazán y por radio nos avisaron de que los soldados estaban matando a todos los pobladores. Era muy triste... Muchos de los combatientes tenían ahí a sus familiares.

P. ¿Qué recuerda de su regreso al lugar?

R. La matanza fue entre el 11 y el 13 de diciembre [de 1981]. Allí asesinaron de la manera más cruel a más de 1.000 campesinos de todas las edades. Hay más de 800 personas identificadas, pero mataron familias enteras. Violaron niñas y mujeres; a los niños y bebés los encerraron en el convento, los ametrallaron y luego incendiaron el lugar; quemaron la iglesia. Era la estrategia de guerra que se basa en aquello de quitarle el agua al pez: el agua es la población; el pez, la guerrilla.

P. ¿Cómo se sintió usted?

R. Fue algo terrible. Sentí rabia, indignación, cólera... Sentí tristeza. Yo conocía a toda esa gente. Allí llegaba a dar misa y sentía alegría. Era una gente muy buena y solidaria. Me daban ganas de tomar las armas, pero los compañeros me decían: aquí hay muchos combatientes y pocos sacerdotes. Fue terrible... Yo venía de Bélgica, donde en una ocasión la policía mató sin querer a un manifestante y el Gobierno se cayó. Pero aquí en horas barrieron las vidas de miles de personas; fue cruel aquello.

P. Usted sigue de párroco en el norte de Morazán. ¿Qué dice la gente sobre El Mozote?

R. Hay gente que quiere justicia, que se castigue a los autores de la masacre; se trata de la gente más consciente y clara. Pero otros se preguntan por qué hablar tanto todavía sobre esto. Lo entiendo, porque la gente necesita seguir viviendo.

P. Y usted, como sacerdote y testigo de aquello, ¿qué cree que debe ocurrir?

R. Tenemos que seguir insistiendo en que debe haber justicia. Fue un crimen horrendo y de tal envergadura que no admite que nos saltemos los pasos necesarios para poder llegar al perdón y la reconciliación. Eso será saludable para El Salvador, porque aquí los crímenes de lesa humanidad han dejado abiertas las heridas.

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