22/07/2008
Un país hostil para los jóvenes
(publicat a elfaro.net el 21/07/2008)
Ya solo encontrar trabajo es difícil. Y lo es más si se es joven y si se busca un trabajo decente. Hay quien tuvo que ahorrar para renunciar, en un esfuerzo supremo por tratar de construirse una vida digna. Con tasas de desempleo de 12.4% y de subempleo que alcanza el 50%, las personas entre 15 y 24 años tienen pocas opciones de incorporarse al mercado laboral. La alternativa: engrosar las filas del paro, aceptar trabajos con ingresos que rayan en lo absurdo o buscar mejor suerte fuera del país.
Rodrigo Baires Quezada
“Trabajo no hay… entonces toca hacer lo que sea, lo que haya aunque no te paguen lo que uno se merece”. La frase puede ser lapidaria, pero no extraña. La dice Élmer, un joven de 17 años con excelentes notas del Instituto Nacional de Comasagua, al suroeste de Santa Tecla. Lo repiten Fátima, de 18 años, su compañera de pupitre; René, un tipografista de 23 años de Soyapango; Rafael y Ana, egresados de derecho y desempleados; y Jaime, un ex pandillero convertido a evangélico.
Todos tienen historias personales dispares. El punto en común es ser jóvenes entre los 15 y los 24 años, ese grupo etario que aporta el 18.93% de la población en edad de trabajar -según el último censo de población-, que trabajan, han trabajado o están buscando oportunidades en un mercado laboral que les es hostil por su edad, según reveló el Informe de Desarrollo Humano 2007-2008 del PNUD, realizado con base en los datos de la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2006 (EHPM 2006).
Mientras las tasas de desempleo abierto general de El Salvador bajaron dos puntos porcentuales entre 1992 y 2006, alcanzando un 6.6% de la población económicamente activa (PEA), en el caso de los jóvenes entre 15 y 24 años de edad “son casi el doble de las que registra en promedio la población nacional”, indica el estudio. Para esta rango de edad, el desempleo alcanza 12.4%.
¿La razón? Falta de oportunidades reales de acceder al trabajo. Una prueba de esto es que al desagregar las tasas de acuerdo con los años de estudio aprobados, los menos educados registran tasas de desempleo incluso menores que las de los jóvenes más educados (13.3% para jóvenes sin educación, y 14.7% para el segmento que ha cursado de diez a 12 años de estudio). “Mejores estudios no garantizan a los jóvenes acceso a un trabajo decente”, sostiene William Pleitez, economista y coordinador del grupo que realizó la investigación.
“Uno se mata estudiando para poder optar a mejores trabajos”, sostiene Élmer y sus notas esperan una oportunidad de demostrar que es “bueno” para trabajar. Para él, un buen trabajo garantizaría poder seguir con sus estudios universitarios en derecho y poder contribuir económicamente con su familia. “He trabajado vendiendo pan en los cantones cercanos… Luego pedí trabajo en la Alcaldía y me pagaban 65 dólares. ¿Qué hacía? De todo, chapodar, arreglar calles… todo. Pero para poder ir a la universidad se necesita un mejor empleo”, dice.
La forma en que se comporta el mercado laboral salvadoreño, aún con mejores niveles educativos –los jóvenes actuales, con 8.2 años de estudios aprobados, tienen un capital educativo que duplica al de la generación de sus padres, 4.7 años- deja claro que este grupo de edad es el que mayor problema tiene para encontrar un empleo de calidad; y que los mismos salarios no muestran una correspondencia con las mejoras en educación y en productividad de los trabajadores.
Los afectados del subempleo
“Mucho trabajo no hay en el pueblo y toca hacer lo que se pueda”, dice Élmer. En términos técnicos, engrosar las filas del subempleo, un trabajo con menos de 40 horas semanales, sueldos por debajo del mínimo establecido y sin seguro social o fondos de pensiones o sin ambas prestaciones. Para 2006, cinco de cada 10 trabajadores de las zonas rurales estaban en situación de subempleo, comparados con uno de cada tres en las áreas urbanas. Los datos se disparan en el caso de los jóvenes al 43.3%. “Lo que haya”, repite Élmer.
Los datos de la EHPM 2006, realizada por la Dirección General de Estadística y Censos (Digestyc) revelan que la tasa de subutilización laboral -la suma de desempleados y subempleados- entre los jóvenes es 12 puntos porcentuales más alta (62.4%) que la tasa nacional (49.9%).
Rafael sonríe con desgano al escuchar los datos. Tiene 25 años y es desempleado, aunque justo eso le ha permitido hacerse perito en algo. “Me hice experto en llenar formularios de entrevistas de trabajo”, dice, con ironía. “En algunos casos llegué hasta la segunda entrevista personal; en otros, me llamaban y resultaba que el puesto de ‘asistente de oficina’ era pura paja… querían vendedores y como que un estudiante de derecho no pega en eso”, resume.
Él hizo sus números antes de aceptar trabajar de vendedor. “Era un empleo de estos de vender paquetes para aprender inglés. No había sueldo fijo dice que porque entrabas en un período de prueba casi indefinido, mucho menos Seguro Social o Fondo de Pensiones. Te daban 60 dólares por paquete vendido… ¡Cada paquete costaba 4 mil dólares!”. En pocas palabras, tenía que vender 12 mil dólares cada mes para obtener 180 dólares y equipararse con el salario mínimo del sector de servicios. Si a eso le restaba los costos de transporte y alimentación, además de “rebuscarse hasta los fines de semana” para poder vender, le pareció que el trato no era justo. No aceptó.
Ana está a su lado en silencio. Conoció a Rafael en la escuela de Derecho de la Universidad de El Salvador y coincide con él en estar desempleada. “Yo, porque renuncié para poder terminar mis estudios… para hacer las prácticas jurídicas”, sostiene. Rafael contó con el apoyo de su familia y la paga de algunos trabajos esporádicos para pagar sus estudios; Ana no tuvo esa suerte. “A mí me tocó trabajar desde el principio. Pasé como un año desempleada, metí como 20 currículos en todas partes y terminé vendiendo líneas y teléfonos de Telecom… la paga era buena, pero personal y profesionalmente era frustrante para mí”, dice.
“Es un recurso humano que estamos desaprovechando”, dice William Pleitez. Según el estudio, debería de ser prioritaria la creación de un sistema que apoye la inserción laboral de los jóvenes en sus primeros empleos, y bajo una estrategia nacional de pleno empleo, asegurar que las plazas a las que acceden sean de calidad y contribuyan a su crecimiento personal. En el caso de Ana era frustrante. Así que optó por enfrentar el desempleo como única opción para “sentirse bien” con ella misma. Después de cansarse de pelear por sus derechos laborales en la empresa, decidió que era el momento de dejar el trabajo, terminar sus prácticas jurídicas y esperar que el futuro le depare un trabajo mejor en su área de estudios. “Ahorré para poder renunciar. Estoy vendiendo mi carro, porque es un lujo que no puedo mantener; hago trabajo ad honórem en una organización no gubernamental; y ya veremos qué sale cuando termine del todo mi carrera”, dice con esperanza.
Más empleo, menos violencia
Para Pleitez, el tema del empleo pasa más allá del desarrollo económico y personal de un joven. “El trabajo es un factor de inserción social al que históricamente no se le ha dado la importancia desde los planes o las políticas de gobierno”, dice. Según el investigador, un empleo decente no sólo asegura el poder satisfacer las demandas económicas de los trabajadores sino que, además, permite no repetir patrones de violencia social.
Esto sería de vital importancia en un sector de la población caracterizado por vivir en condiciones de pobreza y exclusión social. El estudio describe que la población joven registra mayor involucramiento en actividades violentas, lo cual refuerza la dinámica de reproducción intergeneracional de la pobreza y la desigualdad. Jaime es un ejemplo de ello.
Piel morena, manos llenas de callos, un cabello delgado y cortado al ras. Nació y creció en Quezaltepeque. Y en el mismo municipio aprendió a leer en la escuela pública, a trabajar y a consumir drogas. “Uno hace lo que los otros hacen… trabajaba pero ahí estaba la mara y terminé en la mara como una forma de protección. Es sencillo, o sos parte o estás en su contra… mejor es ser parte”, dice con resignación.
“Mi papá siempre trabajó… Cuando se murió, las cosas cambiaron. No había plata, no había comida. Sin él, me tocó hacer de todo. Siempre fui trabajador hasta que me metí en huevos. Le hice a todo: recadero, vendedor de pan, obrero de la construcción, mecánico automotriz y cobrador de buses”.
Según su lógica, las condiciones de su trabajo lo llevaron a la mara; la mara, a las drogas; y las drogas, a robar para tener “chirilicas” y comprar marihuana, primero, y piedra (crack), después. “Pero estoy limpio… soy cristiano desde hace dos años”, sostiene, sonríe y explica la segunda parte de su historia en pocas palabras: “Era cobrador de buses… ¿La ruta? Te la debo. La mara pasaba la renta y presionaba para que te metieras a la clica. Me metí porque siendo de ellos, pues, no te tocan. Un día probé un puro, me gustó y caí… dejé de trabajar y me metí de lleno en ese volado. Hay días que no recuerdo qué hice… gracias al Señor que ya no estoy en eso”.
La historia de Jaime calza a perfección con lo que detalla el estudio del PNUD: “En un contexto de pobreza persistente y de alta desocupación, la población joven resulta muy vulnerable a la dinámica de la violencia. El desempleo, especialmente entre los jóvenes urbanos que han abandonado la escuela, se ha asociado en diversos estudios con altos niveles de criminalidad.”
“Cuando uno está sano, no es difícil encontrar trabajo… lo importante es no ahuevarse y hacer lo que toque”, asegura Jaime. “Lo yuca es cuando ni haciendo cualquier cosa te dan trabajo… uno siente bien feo. Yo porque soy cristiano no vuelvo a esa mala vida… pero a veces dan ganas de mandar todo a la mierda y volver a la calle a robar. ¡Puta, si uno quiere trabajar, ser honesto!”
Inmigración, la última salida
Aún con los dispuestos a hacer lo que toque, el mercado laboral todavía parece no poder absorber a todos los jóvenes. “Aquí se ve la falta de oportunidades. En Comasagua se puede optar por trabajar en las maquilas de la Zona Franca de Santa Tecla, los nuevos centros comerciales, trabajo doméstico, en caso de las mujeres, y el agrícola, en los hombres… por último, solo queda la Policía Nacional Civil (PNC) o emigrar, dejar el pueblo o el país”, dice Vanesa Rivera, profesora del instituto de la localidad.
¿El empleo para los jóvenes no es una prioridad en el país? Según el Ministerio de Trabajo, sí. “Tenemos una guía de propuestas para el fomento del empleo juvenil desde hace tres años. Lo que pasa es que no le han dado la cobertura periodística para que se pueda difundir esto”, dice José Roberto Espinal, titular de la institución. ¿Qué faltaría hacer? “Un pacto nacional como lo propone el informe del PNUD. El Ministerio no puede darle trabajo a todas las personas de El Salvador, pero sí podemos ser un bastión para coordinarlo”.
Para ejemplo, Espinal cita programas como el de Promoción de empleo juvenil y formación ocupacional, que se desarrolló en siete ciudades del Área Metropolitana de San Salvador, en 2007, y que buscaba proporcionar una formación laboral según las estructuras productivas de los municipios atendidos. La población beneficiaria: dos mil jóvenes de Ciudad Delgado, Tonacatepeque, San Martín, Ilopango, Cuscatancingo, Santa Tecla y Antiguo Cuscatlán.
Además, estaría la realización de la Red Nacional de Oportunidades de Empleo –coordinada con municipalidades y sociedad civil- que se encuentra descentralizada, y las ferias de trabajo que, según Espinal, brindan un “trabajo decente” a los jóvenes. “En las Ferias del Empleo se ponen a disposición plazas en la industria, comercio y servicios, todas del sector formal. Entonces, se cumple con lo estándares de trabajo decente que expone el informe del PNUD”. Sólo a las ferias realizadas entre 2004 y 2008, se han logrado colocar 81 mil 970 personas. ¿Cuántas son jóvenes? El dato no lo sabe el ministro. Tampoco sabe sobre los sueldos, aunque el PNUD pone el umbral promedio de un trabajo decente en un poco más de 500 dólares al mes.
Fátima es de las que no cree en la bolsa o ferias de trabajo y de las que optan por dejar el país, una vez termine sus estudios a fines de este año, para conseguir algo mejor. A los 16 años dejó de estudiar en 2006. Dejó su casa en el cantón El Faro, a cinco kilómetros de Comasagua, y se fue a trabajar de doméstica en una casa de Santa Tecla. El salario, 75 dólares mensuales. Ahorró durante un año completo para poder pagar los gastos de los dos años de bachillerato. “He pensado en irme para el norte”, dice. “Tengo un pariente que ya tiene el dinero para mandarme a traer. ¿Mojada? Sí. ¿Si vale la pena? Claro, aquí todo cada vez es más caro y no hay oportunidades.”
René piensa igual. Su historia personal es la de dar saltos. El primero lo dio a los 18 años cuando entendió que para garantizar los estudios de sus dos hermanos menores tenía que dejar sus sueños de ser profesional. Y dio el salto hacia el mercado laboral. Primero como aprendiz, luego como ayudante. Ahora, con seis años de experiencia, ya maneja todas las máquinas de la imprenta en la que trabaja. “Pero ahora ya no alcanza con lo que gano yo y mi madre. Si quiero ver mejor a mi familia, lo mejor es irse para allá donde se puede ganar bien… aquí, no creo que llegue más allá de lo que hago en esta imprenta”, dice.
Según la encuesta de Nacional de Juventud realizada por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” en julio de 2007, los jóvenes, en general, se muestran preocupados por los problemas económicos del país (44.9%) y de inseguridad social (42.9%); nueve de cada diez creía que la situación económica del país seguía igual o había empeorado en el último año; y aquellos quienes han tenido trabajo formal son los que más piensan en emigrar, un dato que aumenta entre los jóvenes de 20 a 24 años (33.5%).
“La migración ha sido una válvula de escape para el mercado laboral durante los últimos años. Es más de un millón de personas que viven fuera y a las que el país no ha tenido que ofrecerles trabajo”, dice Pleitez. Y los que han decidido quedarse se han enfrentado con que los empleadores, bajo una lógica de mercado, la mayoría de veces pagan salarios por debajo del mínimo de lo que están dispuestos a aceptar los trabajadores. “Y si no estás a gusto con lo que ganás y tenés conocimiento del mercado global, de los salarios que se puede obtener en otros países por hacer lo mismo que estás haciendo aquí, la opción de irse de El Salvador está presente”, agrega el investigador.
Jaime es de esos y piensa dar el siguiente salto, uno de más de 3 mil 500 kilómetros en línea recta, cuando tenga los 2 mil 500 dólares del primer pago que le pide el coyote. “Será en diciembre si Dios quiere. Allá (Estados Unidos) es diferente, se vive mejor, se gana mejor y se puede ayudar a la familia con un dinerito todos los meses… así es más fácil dejar los frijoles y las tortillas”, cierra y se tira una carcajada, como quien quiere convencerse a sí mismo de que ha tomado la decisión correcta.
21/07/2008
Mesa Grande quedó atrás y hoy es Guarjila

Al caer de la tarde, Luis López, evoca un tiempo que es historia, que es sangre... sucedió en las riberas del río Sumpul, en Chalatenango.
Foto Diario Co Latino/Pedro Valle.
(publicat al Diario Colatino de 19/07/2008)
Pedro Valle
Redacción Diario Co Latino
Luis López es un joven padre, de palabra fácil y piel morena, que a sus 33 años tiene muchas vivencias que contar. A Luis lo abordamos horas después de un partido de fútbol que disputó con el equipo de su comunidad de origen, Guarjila; gustoso accede a rememorar la década oscura de la guerra civil en nuestro país, en su relato se manifiesta la infancia y el dolor de muchas familias que fueron obligadas a abandonar el país, ubicándose en los campamentos de Mesa Grande, en la República de Honduras.
Los salvadoreños y sus familias emigraron en la década de los ochenta, huyendo de la guerra.
Luis es el quinto miembro de una familia de siete, en ese entonces contaba con cinco años y su familia fue de las primeras que llegaron a los campamentos.
«Recuerdo que era un lugar desierto, las casas eran champas de lona, que no fueron temporales, sino permanentes. Por mi corta edad no podía entender con facilidad el por qué de estar encerrado en ese lugar, mucha gente lo describe como una gran cárcel, donde se podía correr sólo adentro de los límites, salir era arriesgar la vida».
A pesar de contar con la ayuda internacional, los refugiados a duras penas contaban con la comida, les llevó mucho trabajo acostumbrarse a consumir el «maíz amarillo» o la harina, también se las ingeniaban para cultivar hortalizas en pequeños huertos, donde se cultivaba el tomate, la cebolla y la zanahoria, que posteriormente eran distribuidos equitativamente a toda la gente.
«Para mí como niño, esos siete años fueron de vida fácil, de jugar... iba a la escuela, pero no me obligaban, en ese tiempo no sabía la importancia que tenía el aprender a leer y escribir, fue una vida de juego, escuela y más juego».
La vida en los refugios era muy dura, la gente, a pesar de la guerra quería regresar, los líderes realizaban reuniones para organizar el regreso a El Salvador, le pidieron el apoyo a ACNUR para el transporte, ellos de manera estratégica posponían las fechas del retorno, al final hubo tanta presión que no quedó otra alternativa, y en el año de 1987, regresaron por la frontera «El Poy», las comunidades de Las Vueltas, Santa Marta, Copapayo y Guarjila.
«Esa noche, muchos teníamos miedo porque estando en la frontera «El Poy», había presencia del ejército como una invasión, como que nosotros éramos los peores enemigos, en medio de todo eso, un sacerdote comenzó a celebrar la Santa Misa, la gente cantó cada canto con mucho entusiasmo, con el corazón, incluso algunos cantos que eran prohibidos en ese tiempo».
Guarjila fue habitado por pobladores que tenían como destino Arcatao, un municipio en la frontera con Honduras, pero por el estado de la calle, las condiciones no se prestaban para un viaje más largo, entonces en predios donde había mucho zacate, la gente se reubicó en casas deshabitadas, dándole prioridad a familias que traían niños pequeños.
«Todo el mundo al llegar estaba pensando que de un día a otro, íbamos a sufrir un enfrentamiento armado en la comunidad, porque sabíamos que era una zona conflictiva y que el país estaba en plena guerra, lo cuál no tardó, en la misma semana que llegamos hubo un enfrentamiento. Yo realmente tenía miedo, no lo voy a negar, muchas veces me escapaba de la casa y me iba para lugares más seguros, casas de adobe que ya existían allí, porque no quería simplemente morirme».
Los alrededores de Guarjila estaban minados, y las advertencias que recibía la gente era de ser limitado en las distancias, también era un granero de la zona guerrillera, donde podían comer, descansar y llevar provisiones para algún tiempo.
«Yo me acuerdo una vez, que mi mamá estaba tortiando, un soldado le dijo que le vendiera un colón de tortillas, mire le dijo mi mamá, nosotros no le vendemos tortillas a nadie, porque usted es un ser humano como nosotros, se las voy a regalar».
Uno de los personajes históricos y muy queridos por la comunidad de Guarjila, es el padre Jon Cortina, quien realizó muchas obras de desarrollo como la construcción de viviendas, proyectos de agua, la célebre reconstrucción del puente Sumpul, y fundamentalmente la ayuda espiritual en momentos necesarios.
«Él decía que la iglesia era necesaria en una comunidad, pero que él había concluido que la iglesia era la gente, y que si a la gente se le daba casa, vivienda digna, eso era más que una iglesia, que la comunidad es la mejor iglesia que puede existir», finalizó López.
06/07/2008
A dos años de espeluznante crimen, la impunidad continúa
(publicat al Diario Colatino el 03/07/2008)
Iván C. Montecinos
Suchitoto es una linda ciudad que sufrió la violencia de la guerra civil de los años ochenta y que posterior a los Acuerdos de Paz tomó un nuevo impulso, sobresaliendo como destino turístico en el ámbito nacional e internacional. El dos de julio de 2006, fue impactada con la espeluznante noticia del asesinato de los ancianos esposos Juana Monjarás y Francisco Antonio Manzanares, padres de Marina, mejor conocida como “Mariposa”, legendaria ex locutora de las radios Venceremos y Farabundo Martí.
Fresco está en mi memoria lo que pasó en los días anteriores a ese horrendo crimen, cuando Marina muy entusiasmada me pidió le prestara unas fotografías sobre la guerra, para ser expuestas en la inauguración de su restaurante “El Papalut”, programada para el 24 de junio de 2006.
Tal como estaba previsto, la inauguración del Papalut se llevó a cabo en la fecha indicada, con la asistencia de numerosos invitados que se entusiasmaron por el local y la oferta cultural que ahí se presentaría, los augurios eran de optimismo y éxitos para la apertura de un nuevo espacio que ampliaba la oferta turística de la ciudad con rasgos coloniales. Por supuesto, ésta inauguración contó con la distinguida presencia de “Don Paco”, un hombre de 79 años, de mirada sincera, que se sentía muy orgulloso del ambicioso proyecto que esperaba desarrollar su hija Marina.
Todos los planes sobre El Papalut, que Mariposa se había trazado con un gran esfuerzo y sacrificio, fueron interrumpidos abruptamente nueve días después de la inauguración, cuando ese triste domingo dos de julio, se conoció la muerte de sus padres, quienes fueron salvajemente torturados y asesinados al mejor estilo de los siniestros escuadrones de la muerte. Este abominable hecho sacudió la sociedad de Suchitoto, que no alcanzaban a comprender cómo era posible que se hubiera producido un acto de semejante magnitud y que ponía en entredicho la tranquilidad de la que se jactaban los habitantes de esta pintoresca población.
Dos años han transcurrido desde aquel fatídico primer domingo de julio y hasta este momento las investigaciones de la Fiscalía General de la República aún no arrojan ningún resultado sobre el esclarecimiento de quiénes fueron los responsables de haber cometido este asesinato. Todo se encuentra, como suele suceder en este país, en una real impunidad.
Por su parte, Marina Manzanares, fue obligada a cerrar su prometedor negocio y a los pocos días de los hechos forzada a abandonar el país ante las frecuentes amenazas de muerte que recibió junto a su pareja. Ella, durante este tiempo en el exilio ha estado desarrollando una permanente campaña de denuncia a nivel internacional contra la Fiscalía General, demandando el esclarecimiento del asesinato y el juicio y castigo para los asesinos de sus padres, pero no ha encontrado ninguna respuesta satisfactoria.
En ese marco, Marina le envió una carta en noviembre de 2007 al Fiscal Félix Garrid Safie, en la que se refería a las declaraciones que el fiscal Walter Ruiz, de la Unidad del Crimen Organizado, le había ofrecido a un periodista de El Diario de Hoy diciendo: «Ella no ha contribuido a que le demos robustez a su hipótesis. Su pertenencia al FMLN y porque fue locutora de Radio Venceremos es lo que la hace inferir de que se trata de un crimen político. Pero no ha dado razonamientos que a nosotros nos haga inferir que se trata de eso… Por ahora, se escudriña la posibilidad de que el asesinato se haya derivado de problemas o intereses familiares. En esa línea de investigación, la principal sospechosa es Mariposa”.
Estas declaraciones fueron contundentemente desmentidas en esa carta por Mariposa: “Comprenderá señor Fiscal que estas declaraciones, además de contener absoluta falsedad, son malintencionadas, irresponsables y causan una grave revictimización en mi persona y en mi familia; declaraciones que no solo ofenden mi honor, sino que causan un nuevo dolor por atreverse a decir que están investigando la posibilidad de mi participación en ese horrendo crimen”.
Al finalizar la misiva Marina exponía su rechazo a las acusaciones mal prefabricadas del fiscal Ruiz y pedía que se le sacara del caso y que fuera procesado por el delito de difamación y calumnias. Ya han pasado más de ocho meses desde que esta carta fue enviada y hasta el momento el Fiscal General no ha ofrecido ninguna respuesta y nada se conoce sobre las últimas investigaciones hechas sobre este crimen.
Este dos de julio se cumplieron dos años de total ausencia de justicia e impunidad en el caso Manzanares- Monjarás y el hecho fue recordado en Suchitoto con un Festival Artístico Cultural y con el foro “Basta de Impunidad y Represión”, realizado en el auditórium Herbert Anaya Sanabria de la facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador. Además, el seis de julio se oficiará una misa conmemorativa a las 10 de la mañana en la cripta de Catedral Metropolitana.
¿Hasta cuándo en nuestro país será realidad aquello de una pronta y efectiva justicia?, ¿Cuántos años tendremos que esperar para ver señales positivas de las autoridades? Hoy por hoy esos funcionarios parecieran estar demasiado ocupados en desenmarañar casos políticos, como el publicitado FARC y FMLN; y se despreocupan por esclarecer hechos como el que aquí mencionamos y otros de gran trascendencia para la sociedad salvadoreña, tal es el caso del asesinato de la niña Katia Miranda, próximo a prescribir.
“Y ahora escribe” Iván C Montecinos, periodista, colaborador de Diario Co Latino y Raíces.
05/07/2008
Anahuatl: Cantando por la esperanza

(publicat al Diario Colatino el 04/07/2008)
Rodolfo Aguirre
Colaborador
Con la finalidad de contribuir a las transformaciones sociales del país a través de la música, los integrantes del grupo Anahuatl han combinado, en el término de casi dos años, actividades agrícolas con la música, una pasión sensibilizadora de la nueva etapa de la historia de El Salvador.
El nombre Anahuatl es origen nahuatl y significa «costa», un proyecto fundado por iniciativa de Luis Eduardo Cruz, autor de más de 32 canciones de contenido social, y Bladimir Alfaro, joven guitarrista que poco a poco a ido perfeccionando la ejecución de la guitarra.
Posteriormente se integra René Castillo, el más jovencito, quien cuenta con apenas 17 años de edad, pero con la plena convicción de transmitir el sonido armónico de la guitarra. También forma parte del proyecto musical Arnoldo García, quien es el representante artístico, todos originarios del Bajo Lempa, Tecoluca, de San Vicente.
Actualmente trabajan en la producción del primer disco promocional el cual comprenderá dos temas inéditos, el primero llamado «Díganme donde están», un homenaje a quien fuera en vida el padre Jon Cortina, quien luchó por la búsqueda de los niños desaparecidos a causa del conflicto armado.
El segundo tema es una canción romántica llamada «Celeste», con líricas que combina el amor, la amistad y la solidaridad entre los inquietos jóvenes, comentó Arnoldo García.
Algo muy singular de Anahuatl es que todo el repertorio que interpretan en vivo es original, no interpretan canciones de ningún grupo o cantor.
Actualmente, trabajan en técnicas de vocalización y musicalización para adquirir más profesionalismo.
Otro sueño de los integrantes del grupo Anahuatl, es realizar una gira de solidaridad por Europa, finalizó García.
03/07/2008
Por qué parten a EEUU. Informe desde El Salvador
(publicat a Rebelión el 02/07/2008)
Alexandra Early
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Acabo de pasar un cierto tiempo en un país pobre al sur de la frontera de EE.UU., cuya principal exportación es gente. Vi de primera mano lo que impulsa a la gente hacia el norte – y por qué soluciones políticas convencionales no van a disuadir a salvadoreños desesperados de irse a EE.UU. Lo que falta en gran parte en la campaña electoral de este año es alguna reevaluación seria de nuestras políticas exterior, militar y comercial, que han obligado a millones de latinoamericanos a desarraigarse y a buscar oportunidades para una vida mejor lejos de sus hogares.
En la campaña presidencial, hasta los críticos del libre comercio suministraron poca educación al público sobre la relación entre la globalización corporativa, la desregulación del comercio, y la resultante relocalización obligada de la gente, en ambos hemisferios. Por ejemplo, mientras hacía la corte a los trabajadores manuales en los estados agrícolas y del cinturón de las manufacturas (que a menudo son lo mismo en estos días), Edwards frecuentemente denunció el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA) – y su nuevo equivalente centroamericano, CAFTA – como “leyes comerciales que mandan puestos de trabajo estadounidenses al exterior. En Iowa, Michigan, y Ohio, el libre comercio ha caída en desgracia porque amenaza la manufactura local en comunidades rurales que ya están tan deprimidas económicamente que algunas se están despoblando. Como preguntara Lorri Brouer, un propietario de mediana edad de una tienda de regalos de Iowa Falls, a un periodista del Boston Globe en enero: “¿Quién va a apagar las luces cuando envejezcamos y muramos, porque todos los jóvenes se van?”
En mis recientes viajes al campo salvadoreño, escuché un eco del temeroso refrán de Lorri Brouer en numerosas pequeñas aldeas (donde la ausencia de personas entre 25 y 55 años es a menudo bastante obvia). En una remota comunidad agrícola en Usulután, los campesinos que quedan luchaban por sobrevivir pastoreando ganado y cultivando frijoles y maíz entre ciclos de inundaciones y sequías. En su mayoría se habían establecido en la región después de haber sido convertidos en refugiados por la guerra civil de 12 años en El Salvador. Algunos habían luchado como combatientes contra las fuerzas del gobierno, que recibió 4.000 millones de dólares en ayuda de contrainsurgencia de EE.UU. durante los años ochenta. Como la mayoría de los residentes siguen apoyando a la izquierda, el gobierno derechista de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) de Elías Antonio Saca no ha suministrado la ayuda y los servicios sociales necesarios (que son puestos a disposición de electorados más amigos).
La madre y el padre de una familia numerosa con la que viví me mostraron orgullosamente fotos de graduación de secundaria de sus dos hijos mayores. Pero su orgullo estaba mezclado de tristeza y pena. Su hijo y su hija habían emigrado ilegalmente a Houston después de completar el noveno año en la escuela, sumándose a los 100.000 compatriotas que se van cada año. Con pocas posibilidades de empleo local – y pocas también en la capital San Salvador – los jóvenes del pueblo “cumplen catorce, y se van todos,” explicó la mujer. Mostró la foto de su hija sonriendo, con su toga y birrete: “Cuando hablamos por teléfono, dice que nos echa de menos. Llora y dice que no le gusta allá y que quiere volver a casa.”
Esta partida obligada de gente – una tragedia humana en escala masiva – es el núcleo de los acuerdos comerciales. Promulgado, hace quince años, el NAFTA estableció un modelo regional que ya es familiar. Ha permitido que las compañías de cereales de EE.UU. “vendan a precios ruinosos maíz barato en el mercado mexicano, mientras al mismo tiempo México fue obligado a recortar sus subsidios agrícolas.” Pobres agricultores en Oaxaca y Chiapas ya no pueden vender sus cosechas a precios que cubran sus costes de producción. Por lo tanto se han unido a la corriente de seis millones de mexicanos que buscan trabajo en EE.UU.
El economista salvadoreño Alfonso Goitía ve que el mismo fenómeno ocurre en El Salvador donde un 40% de la fuerza laboral sigue empleada en la agricultura. De una población total de seis millones, 750.000 salvadoreños se convirtieron en exiliados políticos o económicos antes de los acuerdos de paz de 1992 que terminaron la guerra civil. Hoy en día, dos millones viven en EE.UU. porque – bajo una serie de gobiernos de ARENA durante los últimos quince años – El Salvador ha abrazado el libre comercio, adoptado el dólar como moneda, privatizado los servicios públicos, ratificado el CAFTA, y consignado a un gran porcentaje de la población a continua pobreza y explotación.
En el campo, pequeños agricultores no pueden mantener sus propias parcelas sin apoyo gubernamental o sobrevivir con salarios como jornaleros en haciendas más grandes. Para los que se ven obligados a buscar trabajo en áreas urbanas, las alternativas tampoco son buenas. En el sector manufacturero, los puestos de trabajo se concentran en fábricas en zonas de exportación de alta seguridad, con salarios bajos, condiciones de trabajo de talleres de máxima explotación, y empleadores multinacionales que destruyen los sindicatos. Un esfuerzo en el año pasado de SUTTELL, el sindicato de trabajadores de la telefonía, por organizar a mujeres ensambladoras en ABX Industries, fabricante de componentes electrónicos en San Bartolo, llevó al despido y posterior inclusión en listas negras de 30 de ellas, con la complicidad del Ministerio del Trabajo. Como sucede a menudo, las víctimas de esta campaña – con quienes me reuní en noviembre – habían sido forzadas a la economía informal, sumándose al vasto ejército de salvadoreños que ya venden por las calles frutas, zapatillas, juguetes, bocadillos empaquetados, y comidas hechas en casa en tambaleantes puestos callejeros y en sitios en abarrotados mercados centrales en todo el país.
Una de las líneas de mercancías más vendidas por los vendedores callejeros – CD y DVD piratas, los convierte ahora en objetivo especial para la policía local, entrenada por la Academia Internacional de las Fuerzas del Orden Público en San Salvador, financiada por EE.UU. En el país en el que EE.UU. otrora financió e instigó a “escuadrones de la muerte,” ahora gasta millones de dólares de ayuda para orquestar la represión contra cualesquiera presuntos infractores de los “derechos de propiedad intelectual” protegidos por el CAFTA.
No sorprende – en vista de un “mercado laboral” urbano y rural tan problemático – que haya visto regularmente a grandes multitudes en la Embajada de EE.UU. en San Salvador, esperando durante horas con sus documentos en mano, para solicitar alguna forma de ingreso legal a EE.UU. Un estudio reciente de la Universidad de Centroamérica informó que un 42% de todos los salvadoreños que siguen viviendo en su propio país partirían para EE.UU. si tuvieran la oportunidad. Sean aprobados o no, el arancel no reembolsable por la entrevista personal requerida para obtener una visa de EE.UU. es de 65 dólares – una suma considerable en un país en el que el salario mínimo mensual es de 157 dólares. Las filas de gente esperanzada que culebrean alrededor de los altos muros del complejo parecido a un castillo de la embajada, son encerradas ahora en su propia estructura adyacente, una especie de depósito de autobuses de inmigración (con un número muy limitado de pasajes disponibles).
Cuando son frustrados sus intentos de entrar legalmente a EE.UU., los salvadoreños que pueden vender alguna tierra o sacar préstamos personales contratan a un coyote que cobra entre 4.000 y 6.000 dólares para la ayuda extraoficial de inmigración. Con o sin un semejante guía “profesional,” los emigrantes son vulnerables a asaltos, robos y violaciones a lo largo de la prolongada ruta terrestre que pasa por Guatemala y México. En 2006, el Centro de Recursos Centroamericanos documentó cientos de muertos y heridos entre salvadoreños que intentaban cruzar a EE.UU. a pie. Mientras los periódicos de EE.UU. informan sobre temores locales ante invasores de habla española, los medios salvadoreños publican regularmente historias sobre niños que desaparecen en el desierto de Arizona o Texas o de jóvenes mujeres que se ahogan cuando sus botes resquebrajados zozobran ante la costa de México. Mientras tanto, dentro del país, la desintegración de las familias es un gran problema social salvadoreño. Madres y padres que se van dejan a sus niños a cargo de abuelos y otros parientes; algunos niños crecen con poca supervisión, se sienten abandonados, y terminan por contribuir al “problema de pandillas” del país, conocido en todo el mundo. El chivo expiatorio de todos, las pandillas callejeras salvadoreñas son ciertamente violentas y un sistema que alimenta un sistema carcelario nacional repleto al doble de su capacidad. Y la legítima preocupación popular por el crimen callejero – que hace que muchos residentes en las ciudades teman salir en la oscuridad – es fácilmente manipulada por la derecha, a fin de promover su propio programa de medidas de seguridad interiores (que infringen las libertades civiles).
Un aspecto en el que el presidente Bush y sus aliados de ARENA tienen realmente ideas bastante contrarias, nunca es reconocido en público. En la idea optimista del mundo de Bush, los miembros leales de la “coalición de los dispuestos” no sólo envían tropas a Iraq (como hizo el presidente Saca) para llevar los beneficios de los libres mercados a Oriente Próximo, también mantienen a la gente en sus granjas en casa – en lugar de que se vaya a EE.UU. – exponiéndola a los beneficios del capitalismo interior sin restricciones. En realidad, El Salvador, depende considerablemente de remesas de dinero – los ingresos de cientos de miles de sus ciudadanos que trabajan en el exterior. En 2006, los salvadoreños mandaron a casa 3.300 millones de dólares – lo que representa cerca de un 18% del PIB de la nación. Esas remesas mantienen a flote la economía y, al amortiguar el impacto de las políticas de austeridad impuestas desde el exterior, operan como una inmensa válvula de escape social. Con bien merecidos dólares de EE.UU. que fluyen a tantas familias y comunidades de bajos ingresos, hay mucho menos presión sobre el gobierno para que grave con impuestos a los ricos o a corporaciones para que paguen su parte correspondiente del coste de escuelas, carreteras, eliminación de basura, atención sanitaria, y otros servicios públicos. En otra localidad en Usulután que visité, un grupo de agricultores me mostró orgullosamente la recién mejorada ruta que conecta sus campos con los mercados más cercados; cansados de esperar ayuda para obras públicas del gobierno, tomaron las cosas en sus propias manos y, con ayuda de su propio trabajo y medios – de hijos, hermanos y otros que trabajan en EE.UU. – habían hecho ellos mismos la construcción necesaria.
A pesar del aumento de la represión (en la forma de nuevas leyes que convierten diversas formas de protesta política en actos “terroristas”), los movimientos sociales salvadoreños también se mueven. Su objetivo – y, ojalá, plataforma electoral, cuando el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) desafía a ARENA en la elección presidencial del próximo año – reivindica la idea del desarrollo económico nacional, alimentado por inversiones públicas muy necesarias. El otoño pasado, miles de salvadoreños, agitando pancartas, marcharon en la capital para “Defender el Derecho al Agua” – en una gran protesta contra la privatización orientada a impedir la amenaza de una apropiación corporativa del sistema público de agua salvadoreño aquejado por problemas. Sobre sus cabezas, los manifestantes equilibraban los coloridos recipientes de plástico que mujeres y niños utilizan para llevar agua en sus largas caminatas hacia y desde pozos, vertientes, y bombas en áreas rurales. A los oradores locales se sumaron varios visitantes norteamericanos, incluyendo el ex embajador de EE.UU. Robert White y la legisladora de Maryland, Ana Sol Gutiérrez, que apoyaron el llamado a favor del aumento del acceso al agua potable. Desgraciadamente, sólo un puñado de norteamericanos comparten actualmente su comprensión de que el financiamiento público de la creación de puestos de trabajo, ayuda a la agricultura, derechos de los trabajadores, caminos y escuelas decentes, y otros servicios básicos, son precisamente lo que se necesita para mantener a más salvadoreños en El Salvador, donde la mayoría preferiría quedarse.
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Alexandra Early es una reciente graduada de la Universidad de Wesleyan de Estudios Latinoamericanos, que trabajó en El Salvador para CRISPAZ, un grupo de solidaridad a través de las fronteras y de justicia social. Para contactos, escriba a: earlyave@gmail.com. Para más información sobre CRISPAZ, vea: www.crispaz.org .
http://www.counterpunch.org/early06302008.html