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Grup de Solidaritat Jon Cortina

Jon Cortina

Misa en memoria a Jon Cortina

Misa en memoria a Jon Cortina

Carta del GSJC en motiu del 7è aniversari de la mort de Jon Cortina

Querido Jon

Ya nos ves de nuevo recordando de forma especial todo lo que nos has dado y nos sigues dando.  No nos cansaremos de reunirnos para celebrar que tuvimos la gran suerte de tenerte entre nosotros, y de hecho todavía te tenemos aquí en la lucha de cada día. En la lucha por la justicia, en la lucha por la verdad, en la lucha por los niños desaparecidos, en la lucha por los derechos de los campesinos, en la lucha por la dignidad de los hombres y mujeres de El Salvador.  Seguimos recordando cada una de tus palabras, cada una de tus homilías, cada una de tus entrevistas y declaraciones.  Seguimos sintiendo en el corazón el calor de tu cariño, la bondad de tu mirada y la fuerza de tu apoyo.  Seguimos sintiendo que tu vida fue una vida para los demás, una vida para todos y todas, especialmente para aquellos y aquellas que más sufren o que tienen la vida mas amenazada.  Dios nos hizo un regalo, nos permitió compartir tu vida.  Jon seguimos en pie, seguimos dispuestos a continuar trabajando por un mundo mejor, como tú nos enseñaste. Hoy queremos celebrar, queremos cantar, queremos dar gracias, queremos que esta fiesta de hoy nos ayude a no olvidarnos de lo que nos queda por hacer.  Contamos con tu apoyo, te sentimos muy cerca de nosotros, y el paso del tiempo sólo hace que fortalecer un recuerdo vivo de ti en cada uno de nosotros y nosotras. Jon muchas gracias por tu vida, te queremos.

Paco Angel

Grupo de Solidaridad Jon Cortina

VII Aniversario Jon Cortina 2012

VII Aniversario Jon Cortina 2012

http://www.facebook.com/museoJonCortina

La noticia que conmovió y unió a todo Guarjila

La noticia que conmovió y unió a todo Guarjila

Elsy Mabel Rivera

El P. Jon Cortina, S.J era el corazón de Guarjila. Era ese motor que hacía que cuando te estabas apagando tuvieras vida. Era esa persona que a pesar de una y mil cosas que tuviera que hacer, siempre tenía tiempo para escucharte. Pero, ¿qué pasa cuando te enteras, de una manera inesperada, que esa persona, que  ha estado contigo en las buenas y en las malas, está entre la vida y la muerte?

La entrevista

Jueves 24 de noviembre de 2005. Era uno de esos días de finales de ciclo en la universidad. El sol empezaba a ocultarse poco a poco entre los edificios y los árboles de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Subí a prisa, sin detenerme, por las gradas escondidas del edificio antiguo de Ingeniería hasta llegar a la tercera planta. En la entrada frente a una computadora, en un escritorio lleno de papeles, lapiceros y cuadernos estaba Gloria Ávila, la secretaria, quien hacía una llamada por teléfono y lloraba sin parar.

Los sollozos y las palabras entrecortadas eran más claras que lo que trataba de explicar.  No sabía qué hacer. Si irme o esperar a que terminara de hablar para preguntarle qué le pasaba. Me quedé. Colgó el teléfono. Me vio con sus ojos llorosos y me dijo: “¡Mabelita!, el padre Jon está muy grave. Hoy tuvo un derrame cerebral en Guatemala. Y está hospitalizado allá”.

Un sudor frío corrió por mi cuerpo. Mi corazón empezó a palpitar a mil por hora. Me temblaban las manos y el cuerpo.  Las palabras se me fueron de la boca y las lágrimas sin parar empezaron a brotar de mis ojos. Salí corriendo sin decir media palabra. No podía creer lo que había escuchado.

Bajé rápidamente aquellas gradas y me fui a refugiar a la capilla para suplicarle a Dios, Monseñor Romero y sus compañeros jesuitas que le devolvieran la salud. Lloré ahí hasta que se hizo de  noche. Un nudo en la garganta me ahogaba. No sabía qué hacer. Me sentía sola, quería estar en Guarjila, Chalatenango, con la gente de mi comunidad.  Aquel hombre que se estaba muriendo era para mí como mi papá.

El Padre Jon Cortina había llegado a Guarjila en septiembre de 1988, cuando apenas yo tenía dos años de vida. Desde entonces quiso quedarse ahí para acompañar a la gente no sólo en su proceso espiritual, sino también en su organización, en sus luchas, esperanzas y sueños. Se quedó para escuchar, consolar y curar las heridas de la guerra, así como para aprender a vivir de la pobreza misma.

Y me vio crecer, soñar y jugar; compartió mis triunfos y fracasos. Supo escucharme, aconsejarme y darme cariño cuando más lo necesitaba. Para muchos niños y niñas huérfanos por la guerra, como yo, fue el mejor papá.

Esa tarde había ido a buscarlo a su oficina para hacerle una entrevista. Para ese tiempo cursaba la materia de Redacción II con el Lic. Manuel Velasco y como trabajo final debíamos hacer una revista dedicada a la memoria de los jesuitas asesinado en la UCA, el 16 noviembre de 1989. El Padre Jon Cortina, S.J. era una de mis fuentes. Era uno de los sobrevivientes de aquel hecho que marcó la historia de El Salvador y que compartiría esa tarde lo que había significado para él aquella masacre. Y cómo la gente de Guarjila, por su cariño y habiéndose encontrado trabajando con ellos, lo libró de ese día.

Así lo habíamos acordado aquel 20 de noviembre, último día en el que lo vi cuando viajamos juntos de Guarjila hacia San Salvador. Él último día también que compartió la eucaristía con sus queridos guarjileños y que ellos lo vieron por última vez.

La última misa en Guarjila

Era el día de Cristo Rey: un domingo 20 de noviembre de 2005. Esa mañana el sol había despertado resplandeciente, el cielo estaba despejado y cubría con su azul perfecto a los más de mil 700 habitantes del cantón Guarjila, a ocho kilómetros al nororiente de Chalatenango y como a 78 kilómetros de San salvador.

A las 10 de la mañana, el P. Jon Cortina como todos los domingos, se disponía a celebrar la Santa Misa en una capillita de lámina, la que él consideraba su catedral. Un lugar sencillo, pero acogedor, rodeado por palos finos, colocado verticalmente y cubierto por una tela ciclón. Los asientos, unas cómodas y finas varas de bambú que eran ocupados por sus campesinos y campesinas, quienes cada domingo se acercaban para compartir con Jon Cortina el Evangelio de Dios vivo en la tierra.

Esa mañana parecía preocupado. Algo le inquietaba, pero no comentó nada. Su homilía hizo hincapié en denunciar hechos que estaban ocurriendo en la comunidad como los robos y la venta de alcohol. Al finalizar la misa, después de la bendición, estaba de espalda en una esquina del altar, cerca de un cajón rectangular color café, donde colocaba siempre su mochila azul, y mientras se quitaba el alba se dio la vuelta y dijo: “Tengo que decirles algo”. Se quedó callado por un instante como si estuviera pensando cómo decirlo y con una voz pensativa expresó: “No, mejor lo voy a decir en la próxima”. Ese día nunca llegó. Y esas últimas palabras quedaron grabadas en la mente de los guarjileños que aún siguen preguntándose: “¿Qué nos quería contar el padre Jon?”.

Una foto para el recuerdo

Ese 20 de noviembre lo acompañaba en la misa Ainoha Vila Albert, una muchacha de cabello corto que trabaja en el Santuario de Loyola, en España. En esos meses estaba de viaje en El Salvador y había decidido ir con él a Guarjila. Casi siempre, cada visita que tenía la llevaba a conocer la clínica Ana Manganaro, un proyecto de salud comunitaria que nació en los tiempos de guerra y que al. P Cortina  le gustaba que las promotoras, en ese entonces adolescentes, explicaran su experiencia, cómo se construyó la clínica y cómo había ido creciendo el proyecto.

“Después de la misa me pidió que fuéramos a la clínica que quería que la muchacha conociera el proyecto”, recuerda Marleny Cruz, de 37 años de edad, quien vio crecer el centro de salud. “Fuimos la Estela y yo. Explicamos el proyecto y todo lo que juntos, como comunidad, habíamos logrado. A él le encantaba que explicara cómo habíamos construido la clínica”, relata en un tono de alegría. “¡¡Mejor cuente usted padre, que usted se puede más bien la historia!!”, le negó con voz tímida. “Contala vos, que vos también te la podes”, le dijo.

Al final del recorrido por la clínica y el hospitalito y de haber recordado la historia del proceso de salud durante la guerra, ella recuerda que la alegría le brotaba por los ojos. Sus palabras estaban llenas de orgullo y satisfacción. “A él le gustaba decirle a la gente cómo Guarjila había ido mejorando poco a poco”, enfatiza Marleny con un tono de nostalgia.

El P. Jon padecía de la presión y el corazón. Ese mismo día, le pidió a Marleny que le tomara la presión. ’“La tiene bien, padre”. “Vaya mirá, y no he tomado los medicamentos una semana”, me dijo. “¡¡¡¡¿Qué dice padre?, ¿una semana?!!!”, le pregunté asustada. “Sí, una semana no los he tomado. Me fui para Estados Unidos y se me olvidó llevarlos”, me dijo. “¡¡Ay padre, no tiene que ser así. El medicamento siempre tiene que tomarse. Sabe el riesgo que corre al no tomárselo”, le dije preocupada. “Sí sé, pero vos que de qué te preocupás. Mirá como estoy y sin tomármelos”, me lo decía, mientras hacía el gesto que estaba fuerte’, narra Marleny. “La verdad es que el padre se confiaba demasiado. No se preocupaba  mucho por él, sino que por los demás”, enfatiza mientras, su mirada se pierde en el tiempo y recuerda la última vez que habló con él.

Además de ese recuerdo intacto de esa última vez, guarda con mucho cariño entre su álbum una fotografía que se tomaron enfrente de la clínica. “Nos tomamos esta foto. Se puso él en medio y la Estela y yo lo abrazamos. Como si presentíamos que iba a ser la última vez”, cuenta con voz entrecortada, mientras sus lágrimas incontrolables rodaban por sus mejillas rosadas.

¡¡ El P. Jon ha tenido un derrame!!

Las seis de la tarde. Sonó el teléfono. Era yo quien lloraba inconsolable sin poder explicarle a mi madre lo que me pasaba. ’“¡Mami!, el viejito está grave. Ha tenido un derrame cerebral en Guatemala”, me dijo entre lágrimas. “¿Cómo?”, le pegunté sin caer en cuenta de lo que me decía.  “¿qué dice?”. “Si, mami, está muy mal”. Y me colgó”’. Así recuerde ese momento Santos Rivera, mi mamá. Una mujer de aspecto humilde y cariñosa, quien ha esa hora de la tarde se disponía asistir a la misa de jueves.

“Estaba asustada. No podía creer que le estuviera pasando eso al P. Jon, ¿por qué?”, se preguntaba. En ese momento se lo comentó al resto de la familia y se fue a misa. Mientras caminaba a paso rápido, con una voz de angustia les decía a los vecinos: “¡Vamos a misa, tenemos que pedir por la salud del P. Jon!”. Algunos no prestaban mucha atención. Otros, cuando oían el nombre de Jon, se detenían a preguntar: “¿Qué dice?, ¿qué le pasa al padre”. Y al escuchar se quedaban comentando entre ellos y salían a decírselo al resto de la familia, los vecinos o a llamar por teléfono a los hijos en Estados Unidos o los amigos.

Mientras, mamá les contaba a todo el que encontraba, el camino se hizo largo. La misa había empezado. Eran casi las siete de la noche. “Llegué a la Peñona, una piedra grande que desde que repobló Guarjila en 1987 está ahí y sirve de asiento para todo aquel que quiera descansar un rato, vi que la misa ya iba por la mitad. Así que preferí no llegar”. La  Niña Jesús Guardado, esposa de Don Evelio, estaba ahí y le comentó lo que pasaba. En eso vio que venía subiendo la calle del parque Sonia, hermana de Marleny Cruz, la enfermara de la clínica. Y le preguntó: “¿La Marle está en la casa?”-“Sí”, le contestó Sonia. “Es que al Padre le ha dado un derrame”. “¡No le creo!”, le replicó asustada.

Las siete de la noche. Marleny estaba con su hija Mery cenando. Mi mamá llegó a su casa. Marleny la vio preocupada y creyó que alguien de su familia estaba enfermo o quizás ella. ’“Entre, venga a sentarse”, le dije. Se sentó en una hamaca y le pregunté: “¿qué le pasa?”. “Ay, Marle, al Padre Jon le ha dado un derrame”, me dijo. En ese momento sentí un escalofrío fuerte en mi cuerpo. ¡¡No lo podía, ni lo quería creer!! Y lo primero que se me ocurrió “¿Debemos ir a Guatemala a verlo? Él nos necesita. ¡Vamos, niña Santos!”, le dije preocupada y llorando”’

Marleny por sus conocimientos de medicina, sabía que un derrame cerebral era muy delicado. Y la vida de P. Jon Cortina estaba en peligro, pues difícilmente una persona puede sobrevivir a una situación como esa. Pero prefirió no comentárselo a mamá. Las dos lloraron sin encontrar consuelo ni explicación de lo que había pasado. “¿Por qué él, si es tan bueno”?, le preguntaban a Dios.

La enfermera se quedó en su casa con su hija. La comida estaba fría. El hambre se les había quitado y la mesa quedó servida. “Nos pusimos a rezar, era lo único que podíamos hacer en ese momento”. Ella sabía que su estado era delicado, pero guardaban en lo más profundo de su corazón la fe y la esperanza de que se salvaría. “¡Él es fuerte y va a salir de esta!”, decía manteniendo la fe.

Mi madre Santos se fue a la casa de las Oblatas del Sagrado Corazón de Jesús. La Hermana Rosa Emilia Mauricio, “Mila”, como todos le decimos de cariño, estaba en su casa con el rostro angustiado y triste. Su mirada callada y perdida en una incógnita. “¿Cómo le pudo pasar esto a Jon?”. Ella ya lo sabía.  En la misa, Armando Marín, quien había recibido una llamada telefónica de Maricarmen Cruz, catedrática de la UCA, le había dado la noticia.

Todo Guarjila estaba enterado de lo que le había sucedido al P. Jon Cortina en Guatemala, mientras participaba en una conferencia de Derechos Humanos. Fue una noticia fuerte. Nadie se la esperaba. La comunidad quedó desconcertada.

Las oraciones por la vida de Jon

La hermana Mila, una religiosa de carácter amoroso y sonriente, recuerda esos días como si fuera ayer. Y al hablar de Jon Cortina no puede evitar que sus ojos alegres se llenen de lágrimas y sus palabras cargadas de sentimientos se hagan notar. Aquella noticia marcó para siempre su vida. Jon Cortina era su gran amigo y le había inspirado profundamente en su vida religiosa. Su opción por los pobres y su compromiso por la verdad y la justicia en El Salvador le motivaban a seguir su ejemplo.

Para hermana Mila, los 19 días en los que el sacerdote jesuita estuvo en coma fueron un novenario de sufrimiento e incertidumbre. “Era impresionante ver cómo venían, desde tempranas horas de la mañana, niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres que lloraban preguntándome ¿qué sabía del Padre Jon?”, recuerda al momento que baja su mirada entristecida.

En esos días la casa de las religiosas se había convertido en el centro de información.  Hermana Mila, quien era la única Oblata que se encontraba en ese momento en Guarjila, recibía a través de llamadas telefónicas y correos electrónicos las noticias sobre los avances de la salud del P. Jon, hospitalizado en Nuestra Santísima Señora del Pilar en Guatemala. Es por ello que la gente llegaba cada día, sin importar la hora a preguntarle por él y a refugiar en ella  el dolor y la desesperación que sentían.

“Era como un noticiero. Yo asumí ese papel en vista a la situación de dolor que la gente iba experimentando con la preocupación que el padre Jon se podía morir. Venían y me decían: ’Y si el Padre Jon se muere ¿qué vamos a hacer?’ Yo personalmente me aferré a pensar que Jon no debía morirse. Entonces, le propuse a la gente que nos reuniéramos en la capilla para pedirle a Dios un milagro: su salud”, cuenta la hermana, convencida de que así como Dios había podido sanar al paralitico, al leproso y al ciego, así también podía curar del derrame cerebral al P. Jon.

Desde el 26 de noviembre, todo Guarjila se unió en oración por la salud del jesuita. Cada día, a partir de las seis de la tarde hasta las 10 ó 11 de la noche, la capillita, en la que él oficiaba la Santa Misa, estaba repleta de gente, quienes llegaban con fe en el corazón y en los labios pidiéndole a Dios un milagro. Era tan grande el amor que le tenían que el dolor y la incertidumbre les unía en una misma plegaria. Todos de pie frente al altar cantando y orando por su vida.

Una noche antes de su cumpleaños, el 07 de diciembre, hermana Mila invitó a la comunidad a hacer una oración especial. Pidió que pasaran alrededor de altar y se tomaran fuerte de las manos. Y les indicó: “Hoy vamos a hacer una oración para transmitirle energías positivas a Jon; vamos a proyectar nuestro cerebro al cuerpo de Jon para que mañana, que es su cumpleaños, tengas fuerzas para vivir”, les motivaba con una convicción firme y llena de fe. En ese momento, tanto los niños, los jóvenes como los adultos cerraron sus ojos y en su mente gritaban: “Padre Jon, tiene que vivir, lo necesitamos”. Así, esa noche le mandaron hasta Guatemala todas sus energías y muestras de cariño para que al día siguiente, cuando cumpliría 71 años de vida, estuviera mejor.

Su cumpleaños número 71

Cada 8 de diciembre los guarjileños, a buenas cuatro de la mañana, nos levantábamos con guitarras, poemas cohetes, pancartas, tamales, pan y café, y  nos íbamos a su casa para despertarle y cantarle las mañanitas. Ese día él aún estaba hospitalizado en Guatemala. Sin embargo, no fue impedimento para que sus campesinos chalatecos le celebraran, como siempre, su cumpleaños.

Ese día compartieron juntos una Santa Misa. Le mandaron a hacer un pastelito para presentarlo como ofrenda a Dios por su cumpleaños y un grupo de niños y niñas lo llevó al altar como símbolo que él los quería mucho. Entre lágrimas y sonrisas le cantaron juntos,  a una viva voz, el cumpleaños feliz. Los guarjileños sabían que por su estado delicado de salud no podían ir a visitarlo a Guatemala, pero le cantaron como si él estuviera ahí. El P. Jon tenía que sentir, aún con su derrame, un cumpleaños feliz.

Ese mismo día habían recibido noticias alentadoras de su salud. “Nos avisaron que estaba reaccionando, que había movido un dedo. Todos creíamos que eran nuestras oraciones y que él se salvaría. Estábamos convencidos de que Dios nos haría el milagro”, cuenta hermana Mila.

Sin embargo, el 12 de diciembre a las nueve de la mañana, mientras hermana Mila preparaba su desayuno, sonó el teléfono. Era el P. Miguel Vásquez, párroco de Arcatao, quien le llamaba para informarle: “Mila, Jon se nos fue”. Se quedó helada. Sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. No comprendía lo que Dios había hecho y empezó a cuestionarlo: “¿Por qué hiciste esto?, ¿por qué no nos hiciste el milagro?, ¿qué vamos a hacer sin Jon en esta comunidad?”, le preguntaba sin encontrar respuesta al dolor que sentía.

En ese momento salió corriendo a la casa de Aparicio Franco, conocido por todos como “Don Ticho” y con una voz de angustia y dolor le dijo: “Ticho, Jon ha muerto. Toque la campana sin parar para convocar a la comunidad y darles la noticia”. La campana sonó por más de una hora. El corazón de Guarjila se había parado. El hombre que nos supo amar y dejarse amar había muerto. Nadie lo podía creer ni lo quería creer. Ya no estaba con nosotros. El P. Jon se nos había ido.

Eran como las 10 de la mañana. A esa hora yo terminaba mi último parcial de mi primer año de Comunicación Social en la UCA. Era de Historia II, con el Lic. Luis Armando González. Yo trataba de contestar a las preguntas, pero no lograba concentrarme. Una angustia inexplicable me ahogaba. Al finalizar mi parcial, salí corriendo en busca de un ciber café. Necesitaba revisar mi correo electrónico para saber cómo seguía la salud del Padre Jon.

Mientras caminaba hacia el ciber encontré a mis amigos David Humberto Cruz y Karla Briones. Karlita me pidió que la acompañara a la YSUCA. No quería ir porque necesitaba ver mi correo. Pero ella insistió y me dijo: “Después vas, primero acompáñame a la radio”. Fui. Al llegar, en la entrada estaba el Lic. Carlos Ayala, director de la YSUCA, y preguntó: “¿Alguien quiere dar un testimonio sobre Jon Cortina?”, “¿sobre qué?”, le pregunté. “¿Qué no saben que ha muerto?”, interrogó sorprendido.  Nadie le contestó nada. Mis amigos me volvieron a ver sin saber qué decirme. Empecé a llorar sin consuelo. Sentía que el corazón me lo estrujaban, un dolor fuerte no me dejaba respirar. No quería aceptar lo que había escuchado. No lo quería creer.

Salí casi corriendo de aquel lugar. Me fui a la capilla a llorar y pedirle una explicación a Dios: “¿por qué lo hiciste?, ¿por qué si era tan bueno?, ¿si todavía le hacía falta mucho por hacer?, ¿por qué te lo llevaste cuando apenas empezaba mi carrera en la universidad?, ¿por qué no esperaste a que me viera graduada? ¿Qué voy a hacer sin él?, le preguntaba. Ese día cuestioné mucho a Dios por su decisión de llevárselo.  Esa mañana la capilla fue testigo del dolor y la orfandad que sentía.

Es esa misma capilla en la que hoy está enterrado su cuerpo, junto al resto de sus compañeros jesuitas. Cada vez que me siento sola y necesito hablar con él, como lo hacía cuando iba a verlo a su oficina, me refugio ahí.  Sé que me escucha con cariño y paciencia y de alguna forma obtengo respuesta a lo que le pregunto. Él, al igual que Monseñor Romero y el resto de sus compañeros jesuitas, sigue siendo en mi vida y en mi carrera profesional una fuente de inspiración para seguir trabajando y luchando por un país más justo y humano.

Rinden homenaje a Jon Cortina con actividades culturales

(publicat al Diario Colatino el 16/12/2008)

Pedro Valle
Redacción Diario Co Latino

Con diferentes actividades religiosas, artísticas y deportivas, Guarjila, al norte de Chalatenango, conmemoró el pasado fin de semana el tercer aniversario de la muerte del querido sacerdote Jon Cortina.

La vigilia dio inicio con una procesión desde la Casa Museo hacia el parque, donde participaron muchas personas entre nacionales y extranjeros, que con ferviente devoción portaban luces entonando cantos y consignas «con Jon Cortina la gente camina» decían en cada estación, mientras en un altavoz se leían fragmentos de su libro.

En el parque, desde muy temprano, comenzaron los preparativos con la instalación de gallardetes, sonido y decoración del escenario. Arriba de la tarima se podía observar la enorme fotografía del jesuita, mientras abajo se leía en una pancarta: «tenemos que decir la verdad, sin ver a quién va a molestar».

En una exposición fotográfica dedicada a Cortina, contiguo a la casa comunal, se observa al sacerdote junto a la gente, compartiendo con los niños, trabajando en obras de desarrollo, allí se lee: «fue con la gente del campo, con la que comprendí el evangelio de Jesucristo al ver la persecución que sufrían, al ver su humildad, su solidaridad entre hermanos”.

Guarjil, «lugar de manantiales de agua», se ubica entre los cerros de «La Mesa» y «La Montura», actualmente cuenta con una alta población joven, también con una gran cantidad de lisiados de guerra, que afortunadamente sobrevivieron al conflicto armado.

Jaime Serrano, profesor de filosofía, en su infancia vivió en los refugios de Mesa Grande, Honduras, visitó a su abuela Victoria de 87 años de edad, quien contó doloroso testimonio del asesinato de sus 3 hijos.

Sobrevive Abraham, el último de sus hijos, quien a pesar de haber perdido la vista durante el conflicto, se mantiene trabajando, es radioaficionado y maneja su computadora a la perfección, antes de programarnos música de mensaje nos cuenta de forma coloquial y humorística, vivencias de su estancia en Cuba y Nicaragua.

Las actividades continuaron por la noche con el concierto musical que abrió el grupo artístico de la comunidad, luego siguió una obra de teatro, entre risas de niños y adultos que se identificaban con estampas humorísticas y cotidianas de la región.

Pasada la celebración de la eucaristía, en el escenario desfilaron solistas que interpretaron canciones escritas en memoria de Cortina.

TNT brindó también su aporte dramático con una sobria y profesional actuación, y a medida que llegaba la madrugada se intensificaba el frío, pero los asistentes se quedaron hasta el final, para ello tomaba mucho café y comía tamales.

«Los Norteñitos» grupo emblemático por su propuesta musical en el contexto de la lucha armada, también fue el deleite de los adultos que una y otra vez solicitaron las canciones «El carrito azul» y la «Canción de D’Abuisson».

«Cuando con el grupo de la comunidad le llevábamos serenata en la fecha de su cumpleaños, él rápidamente aparecía en la puerta mostrándose malhumorado por despertarlo, era nada más un drama, por que luego cambiaba de tono y nos invitaba a pasar», recuerda Nicolás Menjívar, miembro del coro parroquial.

«Al sacerdote Jon Cortina nosotros lo queremos como un profeta, nos ha ayudado mucho, aunque vengan nuevas generaciones nunca lo olvidará Guarjila», manifestó José Misael Martínez.

«Lo recordamos, aunque no en cuerpo sí en espíritu, por ese don que tenía de llevarse bien con nosotros los jóvenes y con todas las personas. Nos ha dejado muchas enseñanzas, fue alguien que se interesó por estas comunidades», dijo la joven Marleni Guadalupe Mejía, quien llegó procedente de Guancora.

La canción seguirá sonando «Jon Cortina amigo bueno/ no callaste ante nadie/ ayudaste a éste pueblo/cuando derramaba tanta sangre»... mientras Guarjila amanece con globos rojos en el cielo, donde los niños escribieron un poema de amor en su memoria.

Jon Cortina debe ser recordado por la lucha revindicativa de las víctimas

(publicat al Diario Colatino de 12/12/2008)


Gloria Silvia Orellana
Redacción Diario Co Latino

Zayra Navas, abogada de Pro Búsqueda, dijo que el Padre Jon Cortina es un signo de lucha por la justicia y la verdad, que invita a fortalecer el compromiso del pueblo salvadoreño, para construir la solidaridad.

El Padre Jon Cortina falleció en la Ciudad de Guatemala, el 12 de diciembre de 2005, tras sucumbir ante un infarto que le postró por varios días antes de su deceso. El sacerdote se encontraba en un evento de organizaciones pro derechos humanos.

Jon Cortina “fue un salvadoreño, porque así lo quiso”, recordó Navas, que vivió entre las víctimas y los marginados a la educación, la salud y la paz, con su acompañamiento, les brindó una luz de esperanza y apoyo solidario.

“En un primer momento, tuvo un papel importante en la inserción de mujeres, hombres, jóvenes, niños y niñas, como una población, con propia identidad, en un momento tan difícil en nuestro país (conflicto armado), ayudó a la fundación de la comunidad de Guarjila (Chalatenango), y a la UCA con sus estudiantes, es un ejemplo de vida”, afirmó.

Sobre su trabajo en la Asociación Pro Búsqueda, Zayra confirmó que el compromiso de ayudar a los padres de familia, que perdieron a sus hijos durante la guerra, fue una semilla que sembró en sus corazones para seguir luchando.

“Vamos a seguir exigiendo al Estado, que cumpla con su responsabilidad a las víctimas de la guerra. La Pascua del Padre Jon la celebramos al ver su obra, y hago un llamado a la población salvadoreña, si un español tuvo la capacidad de luchar por un pueblo que hizo suyo, nosotros, como salvadoreños, debemos hacer mucho más”, acotó.

José Laínez, oriundo de Hacienda Vieja, La Paz, perdió a su hija Idalia, de 6 años de edad, en 1984, tras un operativo militar en la zona que ejecutó la Fuerza Armada, en 1994. El Padre Jon Cortina hizo posible el reencuentro con su hija.

“Para mí fue bien difícil que me sacaran de mi tierra natal, mataron a Vilma Elizabeth, de 8 años, y dejaron herida a Imelda, y se la llevaron, así fue, que conocí al Padre Jon Cortina, cuando llegó con mi hija que estaba en Ohio, Estados Unidos, fue bien significativo que la pudiera abrazar después de tanto tiempo”, narró.

 

El amigo, el hermano, el sacerdote Jon Cortina

Publicat al Diario Colatino l’11 de desembre de 2008


Gloria Silvia Orellana
Redacción Diario Co Latino

La importancia de vivir la pobreza, para humanizar la cultura del consumo y despilfarro, fue el mensaje de vida que dejó Jon Cortina, a la Comunidad Jesuita y a sus alumnos de la Universidad Católica José Simeón Cañas, (UCA).

En vísperas del segundo aniversario de su deceso, el pensamiento y vida de Jon Cortina ha retomado fuerza, al ser recordado por sus compañeros, amigos y trabajadores, quienes lo recuerdan como un hombre santo, que se entregó por completo a los pobres.

Jon Sobrino, en la homilía, dijo que Jon Cortina fue un “santo, pero rebelde”, Y lo definió tres virtudes: entrañable, recio y comprometido con su pueblo.

“Era un gran comunicador, se la pasaba muy bien, era un gran amigo de las congregaciones y religiosas, chambriaba con ellas, chambriaba hasta cosas de los obispos (ríen todos), y luego pasaba a charlas serias, él era así, todos le querían entrañablemente”, contó.

Sobre su temperamento recio, Sobrino expresó que nunca hizo lo “políticamente correcto”, siempre fue un hombre que creyó en sus convicciones y las expresaba directamente.

“El trivializaba las cosas, mientras más serias fueran, Jon a veces exageraba, pero siempre, tuvo una insigne honradez con lo real, y lo sabe su gente de Guarjila (Chalatenango), y todos nosotros”, comentó.

En un pasaje, Jon Sobrino citó a Ignacio Ellacuría, quien había dicho que: “la civilización de la riqueza y la abundancia, sólo puede salvarse desde la cultura de la pobreza”.

“Jon sabía eso, porque si los pobres no nos humanizan, dudo yo, que otra cosa lo haga; su último trabajo frente a los militares que robaron a sus madres sus niños, era recio, pero no buscó venganza”, expresó.

En la eucaristía, participó Gloria Ávila, su secretaria del difunto sacerdote, quien recordó el compromiso que tenía con la comunidad estudiantil y su comunidad en Guarjila.

“Su día favorito de la semana era el viernes, porque iba a su Guarjila, con su gente, o pasaba horas platicando con sus estudiantes y luego me decía, me quieren porque soy como un abuelito consentidor”, rememoró la secretaria.

El día se su muerte: “Sentí que rompían mi corazón, que mi ángel protector se había ido, el hombre, el hermano, el amigo, el sacerdote que acompañó a muchos en momentos difíciles, se había ido, nos hace mucha falta”, concluyó.

 

Anahuatl: Cantando por la esperanza

Anahuatl: Cantando por la esperanza

(publicat al Diario Colatino el 04/07/2008)

 

Rodolfo Aguirre
Colaborador

Con la finalidad de contribuir a las transformaciones sociales del país a través de la música, los integrantes del grupo Anahuatl han combinado, en el término de casi dos años, actividades agrícolas con la música, una pasión sensibilizadora de la nueva etapa de la historia de El Salvador.

El nombre Anahuatl es origen nahuatl y significa «costa», un proyecto fundado por iniciativa de Luis Eduardo Cruz, autor de más de 32 canciones de contenido social, y Bladimir Alfaro, joven guitarrista que poco a poco a ido perfeccionando la ejecución de la guitarra.

Posteriormente se integra René Castillo, el más jovencito, quien cuenta con apenas 17 años de edad, pero con la plena convicción de transmitir el sonido armónico de la guitarra. También forma parte del proyecto musical Arnoldo García, quien es el representante artístico, todos originarios del Bajo Lempa, Tecoluca, de San Vicente.

Actualmente trabajan en la producción del primer disco promocional el cual comprenderá dos temas inéditos, el primero llamado «Díganme donde están», un homenaje a quien fuera en vida el padre Jon Cortina, quien luchó por la búsqueda de los niños desaparecidos a causa del conflicto armado.

El segundo tema es una canción romántica llamada «Celeste», con líricas que combina el amor, la amistad y la solidaridad entre los inquietos jóvenes, comentó Arnoldo García.
Algo muy singular de Anahuatl es que todo el repertorio que interpretan en vivo es original, no interpretan canciones de ningún grupo o cantor.

Actualmente, trabajan en técnicas de vocalización y musicalización para adquirir más profesionalismo.
Otro sueño de los integrantes del grupo Anahuatl, es realizar una gira de solidaridad por Europa, finalizó García.